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Estudiar filosofía en Teherán

“El diálogo filosófico es una enfermedad de la que hay que proteger al pueblo”, es lo que piensan algunas autoridades iraníes según nos indica Ramin Jahanbegloo en su excelente artículo “Estudiar filosofía en Teherán”.

Jahanbegloo se vio obligado a ser residente de la legendaria prisión de Evin, como ya expliqué hace unos años, por denunciar la afrenta a quienes aman lo que eleva a la existencia humana: el diálogo filosófico. Sin embargo parece que el ínclito filósofo persa  desconoce ciertas iniciativas filosóficas, ajenas a lo religioso (en lo que podríamos denominar un “ateísmo metodológico” que pone entre paréntesis las creencias de cada cual a la hora de la reflexión filosófica), como las de Saeed Naji, las de algunas escuelas de pensamiento crítico como Hamrahan-e-Aftab, y las de varios mulás incómodos para el régimen y similares a aquellos sacerdotes díscolos afines al cardenal Tarancón durante la dictadura de Franco. También debería considerar a Rorty, quien afirma que Irán será un núcleo de Ilustración.

No olvidemos que fue un respetado filósofo -Foucault- quien definiera al régimen iranio como la única alternativa seria al capitalismo y al comunismo. Hoy en día tamaña afirmación nos podría dibujar una mueca en el rostro, pero en su momento el proyecto revolucionario iraní incluía, por ejemplo, la opcionalidad sobre el velo, hasta que Occidente les impuso la guerra con Iraq y se vieron obligados a cohesionar al pueblo, al igual que hicieran los Reyes Católicos en España en torno al catolicismo frente a las amenazas externas a su soberanía. Desde entonces la continuas amenazas impiden a los persas dotarse de más cuotas de libertad.

Precisamente porque en Irán es más necesario un pensamiento filosófico que dote de sentido y fundamente a una forma de gobierno puesta en tela de juicio por las clases intelectuales -por definición minoritarias- la filosofía es un auténtico fluir. Las facultades de Filosofía rebosan de estudiantes que asumen con resignación la obligada lección de teología mientras esperan con impaciencia la llegada de la siguiente clase sobre postmodernidad, corriente ésta que, por su flexibilidad, se adapta tan bien a los objetivos de un régimen paternalista, pero que a los estudiantes avisados les da pie para adentrarse en otros niveles de significado que se viven en la intimidad y que van paulatinamente poniendo las bases conceptuales para incoar una organización política adaptada a una población más culta, más crítica y más filosófica.

En España, por el contrario, la filosofía no está viva. Queda reducida a debates internos en utópicos partidos de la extrema izquierda (supongo que los debates internos de PSOE y PP se limitan a cuestiones técnicas y económicas ajenas a la reflexión filosófica), a conferencias universitarias más o menos previsibles y a publicaciones divulgativas que se limitan a recoger lo que otros dijeron en el pasado. En España la filosofía languidece porque “carece de enemigo” al que enfrentarse, sin embargo en Irán la filosofía es como un fino escalpelo que se va insertando en las estructuras de poder, ese enemigo visceral que le dificulta su existencia pero que cuanto más le penetra más se fortalece.

En Irán la filosofía está viva, sobre todo en metafísica (vg. cómo interpretar los pensamientos chiítas a la luz de la racionalidad para que sean aceptados por la jerarquía teocrática, en un ejercicio muy similar al que ejerciera Santo Tomás al querer compatibilizar a Aristóteles con la doctrina eclesial) y, por supuesto, en filosofía política, por la que algunos son capaces de entregar su libertad, como el gran Ramin Jahanbegloo.

¿Habría sido Jahangegloo filósofo si no hubiera sufrido a su poderoso enemigo? ¿No es cierto que la filosofía es una especie de cura para el alma y que, por tanto, acuden a ella los que sufren afrentas? ¿Puede surgir la filosofía en una sociedad perfecta?

Aún no saben mirar

Nasrin Farzamnia, la excepcional autora de Aún no saben mirar (Siruela, 2010) dijo en una reciente entrevista que su obra no trata de Irán, afirmación inverosímil, debida, probablemente, al instinto de supervivencia de quien desarrolla su existencia en tierras persas.  Si quieren entender el porqué de su cautela, más allá de irracionales miedos infundados por los manipuladores medios de comunicación occidentales, les recomiendo encarecidamente que lean la soberbia novela de Shahriar Mandanipour titulada Una historia iraní de amor y censura (Lumen, 2010) donde se explica cómo escribir una novela en Irán que obtenga los parabienes de los censores sin caer en el servilismo ni hacer añicos el amor propio. Si además desean, amén de disfrutar del estilo literario de Farzamnia, adentrarse en niveles profundos de significado, lean La persecución y el arte de escribir de Leo Strauss, cuya lectura les convertirá en lectores-cómplices-de-la-autora. Aún no saben  mirar es una especie de destilación en 150 páginas de ambas obras y de toda la fuerza creativa iraní, acumulada y perfilada desde el sufrimiento y la rabia, que debe enfrentarse a los minuciosos y abnegados censores del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica. Conocí a uno de ellos cuando trabajé en Teherán y, a pesar de lo turbio de su concepto, son seres afables, sonrientes, aduladores y paternalistas; eso, sin duda, es un peligro para los no avisados porque uno nunca sabe qué intenciones esconden su amabilidad y consejos estilísticos. Los censores son la punta de lanza que impide que el pueblo iranio lea textos más allá de lo religioso, sin tachones de rotuladores indelebles y sin hojas cuidadosamente recortadas. Cualquier frase podría interpretarse como una afrenta occidental al rigorismo de los altos estamentos religiosos, lo cual es punible y obliga a andarse con cuidado.

Farzamnia no cruza la línea roja de los temas prohibidos en Irán, al menos en el nivel de profundidad lectora que alcanzo, y aún así ninguna editorial iraní quiso publicar su novela. Bien es cierto que una sencilla hermenéutica del texto nos planta de bruces frente a una desfogada crítica a los valores de los sistemas totalitarios, aquellos plagados de buenas intenciones para su pueblo pero que acaban con las esperanzas e ilusiones de las clases más creativas y liberales; estimo, en cualquier caso, que los censores iraníes lo aceptarían porque piensan que las democracias occidentales son totalitarismos tácitos.

En Irán uno no sabe muy bien dónde está dicha línea roja  y ante el descalabro económico que supondría retirar los libros de las librerías, por una censura oficial inesperada, los editores son los primeros autocensores; lo que el espíritu no logra censurar lo hará la economía. La censura comienza por uno mismo, por eso dicen que el sistema iraní es brillante: si uno no es capaz de autocensurarse lo harán sus vecinos, por lo que a los censores sólo llegan las migajas revolucionarias de, como diría Aristóteles, una bestia o un dios, ambos altamente improbables de encontrar dentro del género humano. El sistema iraní ha logrado interiorizar en sus súbditos un superyo diseñado ad hoc para la sumisión. Pura ingeniería social.

No olvidemos que los totalitarismos surgen para salvar a los parias, a los desheredados de la fortuna, a los pobres y a la chusma frente a las clases acomodadas y cultivadas; entienden ellos que los ilustrados, que suelen coincidir con los burgueses, se aprovechan de los más débiles por lo que hay que limitarles su poder. Nuestra democracia, entienden, está diseñada para que triunfe la clase creativa y para que la burguesía permanezca en el poder. Es legítimo luchar para que esto cambie, pero la alternativa es muy peligrosa; al menos con nuestra democracia podemos soñar en mejorar algún día, aunque las estadísticas nos digan que, si no pertenecemos a la burguesía, jamás lo conseguiremos.

En Irán quizá gobiernen los filósofos, como deseaba Platón y despreciaba Popper, y sean expertos conocedores del postmodernismo y del neoaristotelismo, pero los amantes de la sabiduría, los eruditos, proyectan sus deseos intelectuales en el pueblo que ni comprende ni quiere comprender y que sólo desea comprar un piso, un coche y soñar que algún día serán ricos. Lo que diferencia a Irán de Occidente es que allí no se puede soñar, pero en ambos países el resultado es el mismo: muy pocos podrán abandonar el escalafón social en el que les tocó nacer. Los europeos son felices soñando que algún día llegarán a ser felices  mientras que los iraníes son felices haciendo del mundo un valle de lágrimas que se verá compensado en el más allá. Y mientra sueñan y lloran, ambos pierden la vida.

Para sortear la censura de todo sistema totalitario, lo primero que debe hacerse uno es con un sistema simbólico apropiado y, ante todo, como diría Strauss, con excelentes lectores, lectores de verdad y no simples lectores de playa o de dormitorio. Con Aún no saben mirar más que dormir despertaremos ante la afrenta diaria de aquellos con afán de poder que desean imponer sus utopías al resto de los mortales.

Ahí van algunas perlas:

Imagínese que uno sale por la mañana. Que vuelve  por la noche y que repite un trabajo concreto cada día cobrando dinero. Eso me parece algo vacío y sin sentido. Realmente no se puede llamar trabajo a esa clase de trabajo. No, a mí esa clase de trabajo no me gusta. Por ejemplo, este mismo trabajo de enterrar. ¿A dónde llega uno cavando tumbas? A mí me gusta pelearme con la vida. Así por lo menos la vida encuentra algún sentido para mí. No importa si alcanzo mi objetivo o no. Es como la caza. Muchas veces uno vuelve con las manos vacías. Pero la propia persecución, ¡qué gozada! Hay cierta esperanza en ella. (p. 32)

A veces creo que el que mira, el que mira bien, no se aburre esté donde esté. Siempre tiene algo en que pensar. En algo menos en sí mismo. (p. 41)

A veces ocurre algo estúpido. No importa. Les enbtretiene por algún tiempo. Por ejemplo, mañana va a venir un nuevo gobernador. Pueden ir a aplaudir. A hacer ruido. a vitorear. a desmayarse de la emoción. Y después, volverán a su rutina. (p. 46)

La gente grita y aplaude. Siempre les gusta creerse estas palabras. Puede que por eso siempre se apresuren a votar una y otra vez. Y así continúa el espectáculo. Es asombroso cómo la gente escucha todo esto boquiabierta y con los ojos como platos, como si fuera la primera vez que oyera este tipo de discursos. (p. 49)

-No pone nada. Sólo pone que hay que matar a los del otro lado. Sólo eso.

-Tenía que haber preguntado por qué.

-No es nuestro deber. Además, no es necesario en absoluto preguntar el motivo. Porque el motivo no importa. Se puede convencer a cualquiera con cualquier cosa. Y como nosotros sabemos que vamos a ser convencidos, pus ya tampoco preguntamos. Además, aunque preguntemos nos dicen que es por la gloria. por la victoria. Para ser héroes. Dicen que es porque tenemos que empezar una nueva era. Siempre dan las mismas respuestas. Pues será que llevan razón. Por eso lo mejor es que uno haga bien lo que le manden. (p. 67).

La realidad es que inmediatamente después de cualquier guerra, especialmente de las libertadoras, la libertad es encadenada y la justicia, olvidada. (p. 116).

Feliz salida de la caverna

¡Qué gran espectáculo! La “Alegoría de la caverna” de Platón es uno de los textos filosóficos que mejor expresan el momento en que se hallan nuestros recién graduados estudiantes de segundo de Bachillerato y de ciclos formativos. Han sido capaces de “salir de la caverna” y ahora deben lanzarse sin miedo a buscar la Verdad; ninguno la alcanzará, pero mientras lo intentan a buen seguro serán felices; de eso se trata: de ser felices, como bien indicó Pepe Caro, director del centro, en su discurso.

Doy las gracias más sinceras a los estudiantes de primero de Bachillerato que dedicaron su tiempo y su creatividad para homenajear a sus compañeros con la representación de esta versión libre del conocido fragmento de República. Tamara Toribio (Sócrates) y Álvaro Esteban (Glaucón) fueron capaces de emocionar al público con la importante ayuda de los actores secundarios y de quienes trabajaron silenciosamente tras el escenario: Almudena Peinado, Tamara García, Carmen Domínguez, Marta Monteagudo, Sandra Santos, Juan Antonio Martín, Dragos Nedelcu y Bogdan Nedelcu. Igualmente, el buen hacer y profesionalidad de la profesora Aurora Golderos fue crucial para llevar a buen puerto esta iniciativa.

Disfruten de su trabajo en el siguiente vídeo que grabó la alumna Sandra Santos. También, en este enlace, pueden ver y escuchar las imágenes, textos y música que fueron apareciendo a lo largo de la obra, creación de Marta Monteagudo. ¡Disfruten del espectáculo!

Alegría de la alegoría

Hoy miércoles 16 de junio a las 20:00 en el teatro “Edu” de Malagón, algunos estudiantes de primero de Bachillerato representarán una versión de la “Alegoría de la caverna” de Platón un tanto surrealista pero muy divertida e instructiva. Será dentro de los actos en honor de nuestros estudiantes de segundo de Bachillerato que ya se han graduado y que deben emprender el difícil pero apasionante camino hacia la Verdad. Vean a Tamara-Sócrates y a Álvaro-Glaucón en un pequeño ensayo en clase:

Provocadores

Tildar de “provocadores”, como he escuchado de boca de algunos, a los cooperantes que intentaron ayudar a los habitantes de Gaza es un acto dialéctico inmoral y nauseabundo similar a calificar de lo mismo a quienes intentaron ayudar a los prisioneros durante el Holocausto nazi o a los judíos asesinados por las tropas británicas en 1947 que intentaban dejar atrás el recuerdo de la brutalidad vivida en los campos de exterminio. También encontramos a quien, sin el menor sonrojo vergonzante, les compara con los talibanes. Hay incluso quien va más allá para proponer que no es que fueran provocadores sino que más bien los cooperantes eran marionetas de Estados Unidos animados para acometer esta especie de misión suicida con el fin de desprestigiar a Israel y favorecer, por tanto, los acuerdos comerciales entre Turquía e Irán, que molestan al ejecutivo israelí pero que tanto convienen a la nueva política norteamericana en su estrategia de crear nuevos bloques de poder en Oriente Próximo. “Provocadores”, “talibanes” y “marionetas”, así son calificados aquellos que pretenden ayudar al prójimo que está sufriendo.

Noam Chomsky explica muy bien que el cerco de Gaza es fruto de un castigo infligido por EEUU e Israel porque no les gustó la decisión democrática del pueblo gazaí de las últimas elecciones. Pero, ante hechos como este, hay quien, para mi estupefacción, asevera que criticar a Israel es de hipócritas. ¿Qué tipo de hipocresía implica criticar a una democracia en la que si el pueblo elige a un gobierno que disgusta a un Estado extranjero dicho Estado puede imponerle un cerco? ¿Y qué falsedad entraña denunciar a un sistema en el que si una diputada elegida democráticamente difiere de la opinión de otros diputados tenga que recibir por parte de éstos insultos y agresiones?

Bien es cierto que la Historia nos enseña que todo Estado ha nacido gracias a horripilantes actos de salvajismo e inhumanidad. España y Francia, por ejemplo, son hoy Estados reconocidos internacionalmente gracias a la violencia que ejercieron durante los siglos pasados. Sin embargo Israel llega tarde a “la moda” de la construcción de naciones y de las expansiones imperialistas, el siglo XXI parece que no está planeado para estos menesteres; si quieren mostrar la misma arrogancia que una nación europea del siglo XIX invadiendo otros territorios y, por tanto, asesinando colateralmente a civiles indefensos, se verá condenada a sufrir el desprecio de esas mismas naciones occidentales curadas de su brutalidad, prisioneras de un complejo de culpa que les cuesta superar y anhelantes de un mundo más estable que, más allá de razones humanitarias, solo pretende tranquilizar los mercados. Ya no se mata a inocentes para construir naciones sino para globalizar mercados.

Por ello tienen las de perder frente a la opinión pública, aunque recurran desesperadamente a la guerra mediática a base de informaciones que, por ejemplo, muestran imágenes de armas que no son armas, de unas pocas medicinas caducadas que se les colaron a los cooperantes para ensuciarles su imagen solidaria o, directamente, acudiendo a la manipulación más burda.

Lo más desesperante es que estas noticias de violencia e injusticia acabarán en el olvido, como siempre sucede, para ser sustituidas por otras similares que indignarán durante tres días a la población, mientras come pizza frente al televisor -intercalando en la misma frase un lacrimoso “pobrecito muerto” con un enojado “a esta pizza le falta sal”-, y que desaparecerán tan rápido como llegaron. En plena época postmoderna en que nos hallamos, de gentes frívolas deseosas de experiencias de las que presumir en los bares, no me extrañaría que, por el efecto llamada, surgieran empresas de viajes que ofertaran experiencias “adrenalínicas” basadas en el “turismo solidario” cuya meta fuera intentar arribar a Gaza como quien pretendiera subirse a una montaña rusa. Es lo que conlleva vivir en un periodo histórico en el que muchos sufren, unos pocos luchan por impedirlo y otros, los más, se apuntan irreflexiva y compulsivamente a las modas para desapuntarse al día siguiente. Sí, se acabará olvidando.

Termino ya: echo de menos gestos condenatorios de instituciones educativas y conciliadoras como es la Casa Sefarad en España, gesto que no dudaron en hacer varios periódicos israelíes así como ciudadanos de Israel de buena voluntad.

ESTE TEXTO CONTIENE NUMEROSOS ENLACES EN LOS QUE SE APOYAN MIS AFIRMACIONES. LES ANIMO A LEERLOS.

Entrevista en Boulesis

Miguel Santa Olalla ha tenido la amabilidad de hacerme una entrevista en Boulesis. Si les interesa pueden ustedes leerla en los siguientes enlaces: Primera parte (viajes y educación), segunda parte (enseñanza de la filosofía) y tercera parte (tecnología y educación). También pueden acceder a toda la entrevista en este documento PDF.

Copio a continuación las frases que Miguel ha resaltado por si a algún lector le animan a leer la entrevista completa. ¡Ay, vanidad! ¡Vas a perderme!:

Viajar también me ha hecho constatar que todos los alumnos son iguales en lo básico.

Al igual que el sistema educativo español tiene como misión fundamental adoctrinar a los futuros ciudadanos para que convivan compartiendo una serie de valores (vg. consumismo, individualismo y competitividad), el sistema educativo iraní adoctrina en otros valores (vg. sumisión al Estado, gregarismo, solidaridad y orgullo nacional).

Hacer que los estudiantes filosofen y, por tanto, se atrevan a pensar, es nuestro gran reto aunque entrañe innumerables dificultades.

La filosofía sirve para vivir más feliz porque da herramientas que enseñan a relativizar los problemas de la existencia, a afrontarla con valentía, a vivir de forma responsable en sociedad, a elevarse sobre la animalidad y sobre la razón tecnológica y económica. La filosofía, por tanto, se convertirá en reliquia cuando a la humanidad no le interese ser feliz.

[…] el objetivo de la educación debe ser una síntesis de transmisión de conocimientos con modelos comprensivos de enseñanza que no promuevan la igualdad social sin más, sino la igualdad de oportunidades […]

De todas formas la lectura siempre ha sido una afición de elites y, en principio, lo seguirá siendo. Los planes de lectura que proponen las Consejerías de Educación no funcionan, es como si existiera un “plan del chocolate” que incentivara la delectación por los bombones, pero es obvio que a quien no le gusta no le gusta por mucho dinero que se invierta en que le guste. Acabará comiéndoselo pero con disgusto y lo aborrecerá toda su vida.

En cualquier caso, no se pierdan, entre otras, las siguientes entrevistas en Boulesis:

Jesús Mosterín.

José Antonio Marina.

Luis Barriocanal.

Juanjo Muñoz.

Carlos Taibo.

Gracias a Miguel por pensar que lo que yo diga pueda llegar a interesar a algunos de sus numerosos lectores.

Funcionarios públicos y sueldos (y cerebros) congelados

Rosa pastel Un nuevo escrito recorre impasible la Internet española para depositarse en las cuentas de correo electrónico de los funcionarios y en los tablones de anuncios de los lugares donde trabajan generando un absurdo fervor interno frente a todos aquellos que no pertenecen a la noble estirpe del funcionariado. Cuando lo leí, clavado en un corcho del pasillo del instituto donde trabajo, sentí vergüenza ajena y un impulso irrefrenable para avisar a los incautos de lo falaz del escrito con el fin de que dejen de reproducirla compulsivamente o de que al menos sean conscientes de que, si lo hacen, cooperan con la difamación y la crispación de un país que lo que ahora necesita es arrimar el hombro y dejarse de lamentaciones fuera de lugar y victimismos insolentes.

El libelo infamatorio lo firma un tal Gustavo Vidal Manzanares, en cuyo blog se define como socialista y maestro de la masonería, dos características ambas que debieran ser incompatibles con su lamentable escrito. Ahí va la parrafada de marras que intento refutar a continuación:

En 1956, Dolores Medio escribió “Funcionario público”, novela desgarrada donde se narran las penurias de Pablo Marín, funcionario atado a un sueldo mísero que malvivía en un cuartucho junto a su mujer. Tras las décadas siguientes de desarrollo, la figura del empleado público casi indigente, trasunto del novelón galdosiano, fue poco a poco hundiéndose en el olvido.

Pero en los últimos días se ha babeado de placer ante los ecos de una posible congelación salarial a los funcionarios.

Sin embargo, nada sería más injusto que pasar la factura de la crisis a este colectivo. Así, en los momentos de hervor económico y ladrillazo, un encofrador podía duplicar el sueldo de un Técnico Superior de la Administración , y para conseguir que un albañil viniera a casa había, poco menos, que apuntarse en una lista de espera y cruzar los dedos.

Mientras los funcionarios perdían poder adquisitivo y realizaban malabarismos contables con el sueldo, miles de paletos de eructo, puti club y caspa montaban una constructora y juntaban billetes de quinientos euros como cromos. Legiones de jóvenes abandonaban los estudios y dejaban sus libros escolares criando polvo mientras se pavoneaban en coches refulgentes… ¿los funcionarios? Unos “pringaos, hombre, unos “pringaos”… ¿para qué estudiar?, ¿para qué invertir?, ¿para qué innovar?… “España va bien”.

Y mientras tantos celebraban sus ganancias entre cubatas, risas, rayas de coca y “España va bien”, miles de hombres y mujeres habían inmolado sus mejores años junto a una taza de café cargado, un flexo y un temario de oposiciones. Con los codos clavados en una mesa, viendo la vida desfilar a través del claroscuro de un ventanal, a la espera del momento crucial y temible de los exámenes.

Pues bien, ahora resulta que, los efectos de aquellos excesos han de pagarlos los “privilegiados funcionarios”, precisamente el colectivo que apenas se benefició del auge económico y que, por supuesto, no provocó la crisis. Según ese planteamiento no pidamos cuenta a las entidades bancarias que prestaron dinero sin las debidas garantías.
No pensemos que las ganancias obscenas de la especulación acabaron en paraísos fiscales. No indaguemos en ayuntamientos y comunidades que dilapidaron millones encargando obras absurdas que enriquecieron a empresarios. No, no… todo esto que lo paguen los funcionarios.

Sí, los funcionarios, aquellos “pringaos” durante los años del falso esplendor económico.

Sí, el juez que sacrificó como poco cinco años en una oposición terrorífica (aparte de los cinco de carrera) para ganar menos que muchos fontaneros. Sí, los miles de opositores que hubieron de recurrir al Lexatín, el policía que se juega la vida por mil quinientos euros mensuales, el auxiliar que no gana más de novecientos… ¡resulta que estos han de pagar la crisis y son unos “privilegiados”!

Rosa blanca 1. Los títulos de los libros no se entrecomillan sino que se subrayan o se escriben en cursiva. Esto ya nos pone sobre aviso de las posibles carestías intelectuales de quien escribe; esta falta gramatical es de las que me hacen chirriar los dientes cuando la cometen mis alumnos. (Disculpen la falacia ad hominem).

2. En los años de la posguerra española es más que evidente que los funcionarios públicos vivieran en condiciones lamentables, pero lo verdaderamente doloroso, y el autor demagógicamente lo oculta, son las condiciones en que tenían que salir adelante el resto de trabajadores o los que carecían de empleo, por no hablar de las penosas calamidades que debieron sufrir nuestros emigrantes en Alemania; por nefasto que fuera el cuartucho del funcionario siempre era mucho mejor que la barraca donde se hacinaban los peones españoles que ayudaron a levantar Alemania. Dicho sea de paso, mi abuela fue funcionaria -”maestra nacional”-en los años cincuenta y, comparada con los demás, tuvo una vida buena en esos difíciles años.

3. El autor usa la expresión impersonal “se ha babeado de placer” que es más propia de un paranoico obsesionado con las mentadas de madre y las envidias de los demás y de un arrogante petimetre satisfecho consigo mismo frente a lo que él cree puerilidad de los demás.

4. El autor indica que se “pasa la factura de la crisis a los funcionarios” lo cual es incierto porque la cuenta se carga a todos los españoles -y al resto de ciudadanos del mundo-. Son todos, aunque sin duda unos más que otros, los responsables de haber llevado el sistema al “colapso”. No hay nadie a quien no afecte de algún modo la actual coyuntura económica y sospecho que los funcionarios no son los más afectados por las medidas correctoras. No es lícito que el funcionario se apropie de la exclusividad de erigirse en chivo expiatorio necesario para devolver a España a la senda de la prosperidad.

No olviden, funcionarios o no, que fueron ustedes quienes, ignorando las consecuencias de sus actos construyeron la crisis cada vez que solicitaban un préstamo para comprar un piso en la playa o una segunda o tercera vivienda como inversión “segura” para enriquecerse sin dar palo al agua, cada vez que hacían turismo en el extranjero llevando allí las divisas o invertían avariciosamente en bolsa para tratar de enriquecerse durmiendo en la cama, cada vez que llevaban el coche al taller y pedían que no les cobraran el IVA, cada vez que contrataban a alguien para que limpiara su casa o cuidara de sus mayores a cambio de un salario de broma en dinero negro, cada vez que compraban barato en el supermercado ignorando que el bajo precio se debía a la explotación de otros trabajadores, o cada vez que dejaban de comprar una rosa en la floristería de la esquina para pagarse un paquete de tabaco que llevara las ganancias al otro lado del océano para difuminarse en fondos basura. Cuando se hacía todo esto, y mucho más, estábamos convirtiéndonos en cómplices del desastre y sentando las bases, entre todos, de la crisis actual. Por tanto todos somos culpables y, por supuesto, los funcionarios también.

5. Dice el autor que los encofradores han cobrado el doble que los técnicos superiores de la administración. Una sencilla búsqueda en Internet nos arroja que los encofradores con experiencia cobran/cobraban unos 3650 euros al mes y un técnico superior empieza ganando unos 3000. Si hacemos una pertinente corrección sobre el número de horas efectivas trabajadas está claro quién gana bastante más. Desde luego es imposible inferir que los encofradores ganen el doble que los TSA a no ser que la ausencia de conocimientos matemáticos básicos se haya apoderado de uno. De todas formas, ¿qué fundamentaría que un TSA debiera cobrar más?

6. El autor parece dar a entender que los culpables de la crisis no son los funcionarios sino los encofradores (porque ganaban más, lo cual es falso como dijimos en el punto anterior) y los albañiles (porque tenían una lista de espera muy amplia). Si tienen una lista de espera muy amplia quizá sea porque mucha gente, entre ella funcionarios, se apuntaban a ella para comprar pisos, quizá para especular y ganar un dinerillo extra cegados por la codicia y la depravación. Si culpamos al pobre albañil, que cobra/cobraba una cantidad mediocre, es que hemos perdido toda noción de la realidad.

7. El insulto que propala a continuación el autor, incompatible con el principio de la fraternidad masónica de la que se jacta, es injusto por la generalización, malvado por su insensibilidad e ignorante por el desconocimiento de la realidad. El autor quizá haya visto en la televisión reportajes amarillistas y de ahí deduzca que todos los empresarios de la construcción son “puteros” y “guarros”, lo cual habla de nuevo de la catadura intelectual del susodicho. Aunque quizá haya empresarios de moral relajada, el mero hecho de emprender es ya todo un logro moral en un país como este donde tener iniciativas es difícil. Supongo que también en el gremio de funcionarios habrá puteros pero eso no significa que etcétera.

8. Con crisis o sin ella siempre ha habido y habrá un alto porcentaje de alumnos que dejen los estudios. Está claro que los que se van siempre son los mismos: quienes tienen problemas económicos en su familias o dificultades intelectuales o psicológicas. Resulta obvio decir que estudiar es más fácil para quienes nacen en familias estructuradas y de cierto nivel económico. El autor parece no comprender la difícil elección que debieron  plantearse algunos jóvenes entre seguir estudiando -suponiendo un lastre para sus familias- o trabajar duramente en la construcción para echar una mano en casa.

9. Dice que estos jóvenes que abandonaban los estudios se pavoneaban con coches de lujo. No sé si será cierto, salvo algún niño-de-papá yo no vi a ninguno, quizá una minoría lo hiciera, pero con sus salarios, por altos que fueran, no tenían para coches de lujo: el culpable habría que encontrarlo en los bancos que les daban préstamos. Pero ya sabe, amigo funcionario, los bancos prestaban mucho, por tanto pagaban muchos impuestos y, gracias a ello, nos podían pagar puntualmente al finalizar cada mes. No muerda la mano que le dio de comer y que permitió que le subieran el sueldo año tras año.

10. Muchos funcionarios han pasado sus ¿mejores? años estudiando las oposiciones y muchos otros no-funcionarios también. Durante la etapa de bonanza económica eran miles los que seguían aspirando a ser funcionarios, que estudiaban y se sacrificaban pero que no obtuvieron la plaza porque, por definición, no todos pueden obtenerla. Muchos de estos tuvieron que entregarse, tras sucesivos fracasos opositoriles, a trabajos basura, mal remunerados,  ¡y ahora están en el paro! ¡Esos sí que son verdaderas víctimas de la injusticia del sistema de oposiciones y de la crisis económica actual!

11. El autor acusa a los neoliberales de querer que los funcionarios paguen los excesos del pasado. ¿Es el Partido Socialista Obrero Español, con el que el autor parece simpatizar, neoliberal? Es este partido que gobierna el que ha tomado la medida, pero ello no le convierte en neoliberal. Animo al autor a leer algo de filosofía política, a Keynes, a Galbraith y a Giddens para entender algo de la situación actual. La “osadía de la ignorancia” es uno de los grandes males de los que suelo poner sobre aviso en clase. ¿Acaso pretenderá el autor que todos sufran la crisis excepto los funcionarios? ¿Es eso ser socialdemócrata o más bien avaricioso, arrogante e insolidario?

12. Lo de las copas y rayas de coca no merece  ser respondido por la demagogia que emana. Eso sí, yo también podría caer en la demagogia diciendo que, como el autor sugiere más adelante, dado que miles de opositores debieron de recurrir al Lexatín, incurrieron en una trampa moralmente objetable por su similitud con doparse en el deporte y una competencia desleal frente a los opositores que no recurrieron a estas drogas-para-aprobar-oposiciones-con-más-facilidad.

13. El autor prosigue aseverando irónicamente que “no pidamos cuenta a las entidades bancarias que prestaron dinero sin las debidas garantías”. La lógica incita a continuar la frase con un “ni a los funcionarios ni no-funcionarios que solicitaron dichos préstamos”. El banco no da si alguien no pide.

14. A continuación el autor lanza un “no pensemos que las ganancias obscenas de la especulación acabaron en paraísos fiscales”. Ahí tiene razón, pero claro, gran parte de la responsabilidad la tienen los funcionarios o no funcionarios que admiran y, por tanto, enriquecen, a empresarios, cantantesdeportistas que se llevan sus ganancias, generadas, entre otras, por el boom de la construcción especulativa,  fuera de España.

15. El autor continúa con un “No indaguemos en ayuntamientos y comunidades que dilapidaron millones encargando obras absurdas que enriquecieron a  empresarios” a lo que es obvio contestar con un “ni a los miles de trabajadores honrados que las construyeron y pudieron, por tanto, alimentar a sus hijos”. También en la educación pública se ha dilapidado -y se dilapida- millones de forma absurda, pero eso es un tema para otro artículo. Perdonen de nuevo la falacia ad hominem.

16. Soslayando lo hiperbólico de afirmar que “los policías se juegan la vida”, la verdad es que 1500 euros en un país de mileuristas como este es un dineral; eso sí, no pretendamos viajar al extranjero cada puente o tener dos o tres pisos como parece exigir el funcionario actual basándose en unos derechos adquiridos, según ellos, “con gran dificultad” de los que obcecadamente no piensan renegar aunque sean incapaces de fundamentar por qué ellos se lo merecen y el resto de trabajadores no.

Si estos son los argumentos que lleven a los funcionarios a la huelga el próximo ocho de junio no contarán conmigo, seré un orgulloso esquirol encantado de no ser parte de las fuerzas irracionales, irresponsables e insolidarias que abundan en mi nación. Prefiero razonamientos nobles, sosegados e inteligentes , como los que plantea el economista y profesor Ramón Castro, que creo que son ajenos a huelgas y pataleos, sino que apelan a cambiar las estructuras mismas del sistema económico desde la prudencia y la reflexión.

El efecto Lucifer

Nicolás Maquiavelo El cometido más importante de todo profesor que se precie es plantar semillas en sus estudiantes para que algún día germinen en forma de heroicidad. Usted pensará que exagero, que deliro o que he perdido la noción de la realidad, pero creo firmemente que los docentes estamos obligados a crear héroes. No asocien ustedes la heroicidad con las tragedias griegas o los espectáculos hollywoodienses, sino con algo mucho más banal que explica bien Zimbardo en su recomendable libro El efecto Lucifer (Paidós, 2008): todos podemos -estamos condenados a- ser héroes o malvados según el contexto en que nos toque vivir y no debemos olvidar nunca que en cualquier momento nos transformaremos en el peor de los villanos, incluido usted que piensa que “esto le sucede a otros”.

Mi preocupación por la extensión, cada vez mayor, de la maldad en la sociedad me incita todos los años a explicar en clase el experimento de Milgram que este curso he completado hablando del experimento de la cárcel de Stanford dirigido por Philip Zimbardo. Dicha experiencia consistió en tomar dos grupos de estudiantes universitarios voluntarios, de los que una decena actuaría como presos y otros diez fingirían ser guardias de una prisión que se situó en el sótano de la universidad. Todos sabían que estaban representando un papel pero con el paso de los días afloraron en los guardianes las peores de las maldades, a pesar de que eran jóvenes equilibrados e inteligentes. Vean este vídeo para entenderlo mejor. La moraleja de este experimento es fácil de deducir: si a una persona, por bondadosa que sea, la situamos en un contexto que facilite la deshumanización del otro, acabará comportándose como el más tenebroso de los malhechores. Esta característica humana tiene implicaciones claras en el mundo educativo, donde es muy tentador deshumanizar a los alumnos para poder arrojar sobre ellos, sin cargo de conciencia ni complejo de culpa, la peor de nuestras inquinas. Zimbardo lo explica mejor:

Una de las peores cosas que podemos hacer a otro ser humano es privarle de su humanidad, despojarlo de todo valor mediante el proceso psicológico de la deshumanización. Esto sucede cuando pensamos que los “otros” no tienen los mismos sentimientos, pensamientos, valores y metas que nosotros (p. 308).

Además hemos de tener en cuenta las reglas de juego que hacen que el sistema educativo sea como es, es decir, un proyecto desilusionante que más bien parece diseñado ex profeso para amargar la existencia de estudiantes y profesores e impregnarlas de desconfianza y antipatía; solo quien posea la fuerza suficiente para sortear el desastroso sistema diseñado para el odio y la competitividad absurda podrá amar a sus alumnos. A esos que están arriba dirigiendo el “cotarro” educativo habría que echarles en cara su dejación de funciones: su deber es prestigiar la educación poniendo los medios a su alcance -que no son económicos ni tienen que ver con los trastos tecnológicos- para que la relación profesor-alumno sea de amor y no de enfrentamiento como suele ser habitual. Zimbardo lo explica mejor:

El Poder del Sistema supone una autorización o un permiso institucionalizado para comportarse de una manera prescrita y la prohibición o el castigo de los actos que no se atengan a ella. Proporciona una “autoridad superior” que valida (…) la realización de unos actos que en otras circunstancias estarían limitados por unas leyes, unas normas, unos principios y una ética ya existentes. (p. 313).

Para más inri los profesores somos víctimas del efecto Pigmalión. He comprobado en mi propia piel su grave peligro porque, a pesar de que soy consciente de que existe, cada vez que un profesor me habla mal de un alumno es inevitable que mi disposición hacia el joven cambie. Ir contra este fenómeno, al igual que cuando se rema contra corriente, puede despertar recelos entre otros compañeros profesores y en un país como este, hipersensible a la crítica, lo mejor es callarse si uno no desea convertirse en un profesor-paria. Zimbardo lo explica mejor:

Esta prisa en atribuir la etiqueta disposicional de “chicos malos” a unos pocos delincuentes es demasiado frecuente entre los guardianes del Sistema. Lo mismo hacen muchos directores y enseñantes de centros educativos: emplean este recurso para culpar a los estudiantes “problemáticos” en lugar de dedicar tiempo a evaluar efectos alienantes de unos planes de estudios aburridos o de las prácticas insuficientes de ciertos enseñantes que podrían provocar estos problemas. (p. 426).

Corte jóvenes 2010. 4 diputados y una sola diputadA Pero lo peor de todo es el politiqueo a costa de la educación; como muestra un botón: la semana pasada estuve junto a dos de mis alumnos ganadores de un concurso cuyo premio consistía en asistir a las Cortes de Castilla-La Mancha para debatir los temas de índole ética que plantearon en sus blogs. Asistí a un espectáculo en el que los jóvenes -no los míos sino otros menos avisados- no pudieron expresarse en libertad y se vieron obligados a ceñirse a leer lo que los diputados oficiales les dijeron que leyeran. Algunos estudiantes estaban indignados pero otros, con afán de protagonismo más que de servicio político, entraron en el juego servil y clientelista que no hace más que reproducir el poder establecido y nos deja pocas esperanzas para soñar con una juventud que luche con firmeza por el bien de su sociedad. Como anécdota añadiré, para mostrar la doble moral de la casta política, que se trataba de un concurso en el que había cuotas de género ya que sólo podía ganar un alumno y una alumna por cada centro aunque, paradójicamente, en la mesa del presidente había cuatro diputados oficiales y una sola diputada oficial; por cierto, ésta se ausentó bastante tiempo y entre los diputados uno hablaba por el teléfono móvil y otro leía el periódico mientras los jóvenes explicaban sus pseudopropuestas. Es perentorio que ante afrentas como estas el profesor incite a la rebelión verbal justa. Zimbardo lo explica mejor:

Muchos de los que se arrogan autoridad son seudolíderes, falsos profetas, estafadores que sirven a sus propios intereses a los que, en lugar de respetar, habría que desobedecer y desenmascarar. Los padres, los enseñantes y las autoridades religiosas deberían desempeñar un papel más activo para enseñar a los niños esta diferencia fundamental, para que sean educados y corteses si la autoridad está justificada, y para que sepan resistirse a la autoridad que no merezca respeto. (p. 559).

En esta línea y para evitar resbalar en la pendiente, no permitamos los profesores tolerar pecados veniales porque “creamos que nuestra función no consiste en ser policías”. Los profesores sí que somos guardianes, guardianes de la bondad y de la felicidad, y para salvaguardarlas es crucial ser intolerante con los estudiantes que fuman frente a sus compañeros más jóvenes, con quienes propalan groserías, con los que cuentan chistes machistas y racistas y con quienes se ríen con ellos, con los que critican sin argumentos o extienden rumores falsos, etc. Si un profesor calla ante estas cuestiones planta las semillas para tener en el futuro un mundo peor porque los alumnos interiorizan que ser un poquito “malo” es algo normal, pero no son conscientes de que una vez que se da el primer paso hacia la maldad está abierto el camino hacia comportamiento más graves. Zimbardo lo explica mejor:

Intentemos no caer en pecados veniales o pequeñas transgresiones, como engañar, mentir, chismorrear, propagar rumores, reírnos de chistes racistas o sexistas, intimidar a otros o burlarnos de ellos. Estos actos pueden ser peldaños hacia pecados más graves. Las grandes maldades siempre empiezan con pasos pequeños que parecen triviales, pero recordemos que la maldad es una pendiente muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy fácil deslizarse hasta el fondo. (p. 562).

En definitiva, un profesor-héroe, a la luz de lo que dice Zimbardo, es aquel que ama a sus alumnos y no se deja contaminar por corrientes negativas, conformistas e indiferentes. El autor explica muy bien esa sencilla actitud, banal a más no poder, que es la característica intrínseca del carácter heroico.

El heroísmo hace que nos centremos en los aspectos positivos de la naturaleza humana. Los relatos de heroísmo nos atraen porque nos recuerdan que la gente es capaz de resistirse a la maldad, de no ceder a las tentaciones, de superar la mediocridad y de responder cuando los demás no actúan. (p. 568).

Para terminar, si bien es cierto que todas las asignaturas son interesantes hay una que es apasionante y que tiene la capacidad de hacer de los seres humanos mejores personas y, en definitva, plantar semillas que germinen en forma de heroicidad: la Filosofía. Zimbardo, como siempre, lo explica mejor:

La clave de su supervivencia fue recurrir a su anterior formación en filosofía, lo que le permitió recordar la enseñanza de los filósofos estoicos. De este modo, Stockdale pudo distanciarse psicológicamente de la tortura y el dolor, que no podía controlar, y dirigir su pensamiento hacia cosas que sí podía controlar en el entorno de la prisión. (p. 581).

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