Política en las aulas

Añado un nuevo audio al podcast, esta vez se titula “Política en las aulas” y lo puede leer completo en MiCR.

Eróstrato fue un anónimo pastor que perseguía la fama con obsesión enfermiza. Dada su mediocridad pensó que la única forma de ser recordado para la posteridad consistiría en un acto enormemente destructivo, así que, ni corto ni perezoso, arrasó el templo de Artemisa, una de las siete maravillas de la antigüedad.

Este artículo, tras veinticinco siglos de tamaña devastación, demuestra que fueron vanos los intentos del rey persa Artajerjes para evitar la fama de susodicho pastor, aunque amenazara con matar a quien osara hablar de él. Y es que no hay nada como derrumbar el paisaje para hacerse notar entre el paisanaje. [CONTINUAR LEYENDO]

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Cuarto café filosófico

Cuarto café filosófico: Desobediencia civil

Este jueves 27 de marzo volvemos a la Librería Birdy-Libertad de Ciudad Real para disfrutar del cuarto café-filosófico. Esta vez trataremos el asunto de la desobediencia civil.

¿Vivimos un momento en que se hace precisa la desobediencia civil? ¿Es contraproducente ponerla en práctica? ¿Todas las desobediencias civiles del pasado condujeron a una sociedad más justa? ¿Vivimos en democracia gracias a los activistas desobedientes del pasado? ¿No vivimos en una sociedad justa y por tanto es precisa la desobediencia? ¿Se puede utilizar la desobediencia civil para acabar con la democracia? ¿Merece la pena arriesgar la integridad física y la libertad por luchar por una sociedad mejor? ¿Puede ser peor el remedio que la enfermedad? ¿Ha llegado el momento de desobedecer? ¿Qué normas desobedecerías? ¿Por qué algunos de los desobedientes civiles del pasado aplican hoy en día políticas contrarias a lo que predicaban? ¿El poder corrompe y por tanto hay que desobedecerlo en determinadas ocasiones? ¿Hay que obedecer la ley cuando se opone a la conciencia?

¡Pasen y disfruten!


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Pactar con el diablo

ESCUCHAR ¿Por qué estos espíritus selectos se someten a otros más vulgares? ¿Qué les habrá conducido a dedicar parte de su existencia a escuchar vaguedades predecibles? ¿Por qué parece que disfrutan serenos de las medias verdades en un ámbito de continua falsedad? ¿Por qué su buena voluntad para con los embaucadores? ¿Por qué están incapacitados para decir que “no” a sus dirigentes que, enloquecidos, insisten una y otra vez en el error? LEER EL ARTÍCULO COMPLETO

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Mendigo durmiendo en un cajero

A la escucha del sentido

Me resulta difícil entender a las personas que nunca se plantean el sentido de la vida, de hecho cada vez conozco a menos gentes que lo hagan porque la sociedad les engulle con partidos de fútbol, cestas de la compra, viajes a Disneyland y discusiones eternas sobre asuntos sin importancia: la banalidad de la cotidianidad nos aleja del sentido. No reflexionar sobre el proyecto existencial de uno afecta, para mal, a la configuración del carácter, y es que algunos parece que evitan buscar el sentido encontrándolo en sucedáneos tales como trabajos alienantes, ilusiones inalcanzables, ansiolíticos televisivos o relajantes musculares.

Evitar la penosa pregunta implica arrojarse a un mundo de superficialidades que deshumaniza a la persona. No sugiero que las gentes se entreguen compulsivamente a la lectura de complejos tratados filosóficos o que asistan a sesudas conferencias de los eruditos de moda, sino, por ejemplo, que conversen en el bar sobre el sentido de la vida o, mejor aún, que vean con atención películas como las que propone Jot Down. También pueden sumergirse en amenas e instructivas lecturas como la que acaba de publicar la editorial Herder: A la escucha de sentido. Conversaciones con Mar-Antoine Vallée.

Dicha obra es una profunda pero asequible entrevista a Jean Grondin, el prestigioso catedrático de Metafísica de la Universidad de Montreal que se ha convertido en una especie de nueva estrella en el firmamento filosófico que está llamado, quizá, a recoger el testigo de Habermas, el filósofo vivo más prestigioso. El profesor Marc-Antoine Vallée dialoga con Grondin en torno a cinco temas —la vocación del filósofo, la hermenéutica, la experiencia del sentido, el arte y la religión— en lo que constituye un texto que podríamos calificar de sizígico.

La primera de las entrevistas se centra en la biografía intelectual de Grondin incidiendo especialmente en los orígenes de su vocación filosófica, y es que, durante su juventud, el autor canadiense no podía vivir sin preguntarse por las cuestiones fundamentales acerca del sentido de la existencia, lo que marcaría su futura vida profesional. Dado que en su época no existía la Play Station le dio tiempo a profundizar —digo yo— en diversos filósofos, siendo sus preferidos Raymond Aron, RicoeurHabermas, Jean-Luc Marion y Gadamer, especialmente este último de quien fue discípulo y sobre el que escribió uno de los libros más influyentes, a saber, Introducción a Gadamer; todos ellos son filósofos creyentes, y es que es en la fe donde, según Grondin, se encuentra el sentido, como nos confirmará en las páginas finales del libro. 

La segunda entrevista está dedicada a la hermenéutica y a la metafísica. Dice Grondin que la idea de la hermenéutica es que el lenguaje, la cultura, la historia y la mirada no son impedimentos, sino vías de acceso que nos ayudan a comprender las cosas; ya saben, pongamos un poquito de hermenéutica en nuestras insulsas vidas. También recurre al concepto de “ficción útil” de reminiscencias pascalianas —mejor creer algo que nos haga felices aunque sea falso— provocando la inquietud del lector: ¿es preferible vivir aferrado a un sentido falso o, mejor, vivir sin sentido? Igualmente se le escapa un comentario sorprendente que no argumenta y que deja perplejo al lector: “el humanismo es un “ismo” que se preocupa por el hombre (incluyendo por supuesto a la mujer, su parte más lograda)”.  Al leerlo dibujé una mueca; sobran los comentarios.

La tercera entrevista es la dedicada propiamente al sentido. Llama la atención el título del libro porque uno hubiera esperado un proustiano “a la busca del sentido” en vez de un aparentemente perezoso “a la escucha”; sin embargo escuchar es buscar, es actividad, no es un mero oír sino un energético actuar. De esta forma afirma Grondin que dejar de plantearse la pregunta del sentido es dejar de hacer filosofía. Prosigue con un lenguaje de tintes socráticos que es el único realmente válido para el arte de filosofar (sé que no sé, y sin duda es por ahí por donde hay que comenzar en ética. Por otra parte, lo importante no es tanto conocer el bien como hacerlo). También da alguna que otra bofetada dialéctica a Habermas:  Considero que su enfoque procedimental de la ética tiene algo de tímido y de puritano que le impide en parte alcanzar su objetivo. Y se muestra amante de los animales afirmando algo que a los que nunca hemos tenido mascotas nos resulta enigmático:

Decir que un animal no comprende el sentido es no haber pasado nunca tiempo en su compañía. Su sentido del sentido está a veces infinitamente más desarrollado que el nuestro. No son los peores hermeneutas. (p. 104)

En la cuarta entrevista tratan ambos filósofos sobre el arte y la literatura. Por paradójico que parezca no es difícil encontrar filósofos que consideran que la literatura es un género menor en comparación con la filosofía, cuando, en gran medida, el arte es la forma de expresar aquello que no pueden alcanzar los sistemas filosóficos. Lean algunas perlas sobre la cierta relación entre filosofía y literatura:

¿Qué es lo que nos cautiva en ese juego de la obra de arte? Su respuesta breve [de Gadamer] es que se trata de una experiencia de conocimiento que nos abre los ojos. (p. 114). Según Gadamer, que cita a Rilke, toda obra de arte me dice en sustancia: “¡Tienes que cambiar de vida!”. (p. 115). Hölderling decía que los filósofos eran “poetas frustrados”. Es una definición algo malvada, pero es una forma de destacar que unos y otros tienen en común un mismo objetivo de sentido. (p. 121). Mientras la filosofía se sirva del lenguaje habrá poesía en ella. (p. 123)

La quinta y última entrevista es, quizá, la más conflictiva porque trata de la religión y es que Grondin es un filósofo creyente, algo que en nuestros días no se suele entender en Europa, como él mismo reconoce:

Desde hace algún tiempo, algunos profesionales de la filosofía dan muestras de un cierto puritanismo cuando se trata de religión: es un tema tabú, del que solo se puede hablar en tono despectivo y burlón. (p. 138)

Sin duda son exageradas sus palabras porque soslaya que también hay un tono despectivo y burlón por parte de los filósofos que incluyen a Dios en su sistema filosófico. En el fondo las luchas filosóficas no dejan de ser batallas de vanidades, arrogancias y duelos dialécticos que, en numerosas ocasiones, acaban en acusaciones ad hominem. “Mi Dios es mejor que tu no-Dios” reproduce las interesantes discusiones de siglos pasados tipo “mi Dios sin papa” es mejor que el tuyo “con él”. Y así. Es por esto que no le falta razón cuando asegura que el ateísmo actual es un simple paripé que esconde verdaderas vocaciones sacerdotales:

El culto a lo humanitario (que sustituye a la caridad de las buenas obras), a los héroes y a las estrellas (que sustituyen a los santos) y a la justicia social (en espera de la ciudad de Dios), por no hablar de las búsqueda del sentido de la vida: todo esto forma parte de la experiencia religiosa. Ocurre lo mismo con el ateísmo, ya que la cuestión de Dios no deja indiferente a los ateos. Como decía Agustín, los que solo veneran las cosas temporales lo hacen porque esperan de ellas cierta beatitud (p. 140)

Y prosigue con:

Si bien la filosofía no tiene textos sagrados, posee textos fundadores que reinterpreta constantemente (…) cuando asisto a conferencias o leo textos de filósofos, a menudo tengo la sensación de asistir a homilías. La teología simplemente es más consciente de esto.  (p. 143) ¿Tiene derecho la filosofía a mirar a la religión por encima del hombro como si fuera superior? (p. 150). “Sed fecundos y multiplicaos”, ¡como una invitación a multiplicar las interpretaciones de la Escritura! (p. 157) La cuestión del principio entrópico y del diseño inteligente porque algunos preachers lo utilizan con gran ingenuidad, pero Leibniz veía en él la cima de la racionalidad (p. 161) Desconfío no solo de los ateos militantes, sino también de todos los que defienden causas con un fervor absolutos (p. 163). En cuanto al azar, realmente no me parece creíble. Se requiere una mala fe para creer en el azar (p. 165)

En definitiva se trata de una excelente lectura que reafirmará a los creyentes en su fe y a los ateos en la suya. Ambos deberían escucharse más y poner en práctica lo que Gadamer decía: el alma de la hermenéutica consiste en reconocer que tal vez es el otro el que tiene razón

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Libros de filosofía y...

Cateto-trolls

Les dejo con el audio  y un fragmento de mi último artículo en MiCR: “Los cateto-trolls de Ciudad Real“. audio

(…) Es tal la vanidad enfermiza y el narcisismo tosco de los trolls que me recuerdan —ustedes sabrán disculpar la hipérbole— al torturador al que no le preocupa el castigo por su aberrante delito, sino que le repatea que nadie tenga noticia de sus horribles crímenes; y es que la invisibilidad y la ausencia de repercusiones de su paso por el mundo les duele mucho, así que no darles pábulo no soluciona su desfachatez porque suben el tono de sus afrentas. Son conscientes de que a las calumnias no se les exigen pruebas y son difícilmente refutables.

Trato de entender su mente enferma pero me es imposible. Solo acierto a esbozar este peculiar fenómeno recurriendo a Carlo Cipolla, quien dice que una persona estúpida es la que causa un daño a otras sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio. Ahí lo dejo. LEER ARTÍCULO COMPLETO.

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En Librería Birdy 27 de febrero de 2014

Tercer café filosófico

Mañana jueves 27 de febrero a las 19:30 coordino un café filosófico en la Librería Birdy-Libertad de Ciudad Real (calle Libertad 3). Hablaremos durante una hora sobre un tema filosófico que decidiremos entre todos los asistentes, mientras se toma un té, un vino o un café. La entrada, con bebida incluida, cuesta dos euros.

Si nunca ha oído hablar de los cafés filosóficos lea este artículo de Wikipedia; quizá se anime a acompañarnos.



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El blog de Rafael Robles