El emperador

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Lo que nos hace desgraciados a los seres humanos no es la pobreza sino la contemplación de que otros son más ricos que nosotros careciendo del temperamento y virtud que les hagan dignatarios de esa fortuna.

Pero también nos hace desgraciados tener que compartir. Me comentaba un amigo que en Venezuela se llega a obligar a las personas que viven solas en pisos con cinco habitaciones a que las compartan con los sintecho que desfallecen por las calles. “¿Qué es eso de que a ti te sobre espacio mientras otros agonicen en la nada?”.

Este es el eterno problema del equilibrio social que en los últimos tiempos se ve acrecentado. Hay que leer esta obra para entender los procesos mentales que mueven a los líderes y para comprendernos a nostros mismos, casi siempre meras bolas de billar rebotando unas con otras expensas de las 150 familias que manejan el “cotarro mundial”.

Haile Selassie fue el emperador de Etiopía y el gran Kapuscinski narra el proceso de su derrocamiento con la maestría de siempre. A partir del testimonio de la servidumbre que acompañó a Selassie hasta el final, Kapuscinski construye un libro que habla de civilizaciones, pobreza, riqueza, relaciones internacionales, sumisiones y despropósitos.

Curiosamente, para los rastas, los que pertenecen al movimiento rastafari, Selassie es además la reencarnación de Jesús.

Viven en constante estado de miedo pues temen dejar de denunciar algo en un momento dado, lo cual les haría caer en desgracia. (p 19).

Lo diré sin rodeos: la gente anhelaba que el Emperador reparase en ellos aunque fuese de la forma más insignificante, deseaba una simple mirada, la más mínima cosa (…) ¡qué fuerza infundía semejante sensación! (p 23)

La bala constituye la divisa más preciada del mercado, más buscada que el dólar. (p 35)

Su Graciosa Majestad nunca se había guiado por el principio de la capacidad sino siempre y exclusivamente por el de lealtad. (p 45)

Es la sumisión de los súbditos lo que crea su superioridad y le da sentido; sin ella el trono no es más que un decorado, un incómodo sillón de terciopelo raído y torcidos muelles. (p 55).

Cada ministro escogía los pasillos por los que transitar de modo que hubiera mayores oportunidades de encontrarse con su Venerable Majestad y poder inclinarse ante él en un reverente saludo. (p 66).

Sin embargo, el temor a la horca no tardó nada en ser sustituido por otro: el temor a la purga, a la aniquilación total de la personalidad. Ahora el Generoso Señor ya no arrojaba a las mazmorras sino que, simplemente, apartaba de palacio enviando a casa, y ese enviar a casa equivalía a una condena a ser nadie. (p 103).

Su Augusta Majestad regañaba a los funcionarios por no entender un principio tan sencillo como el del segundo fardo. En realidad, un pueblo nunca se rebela porque lleve a sus espaldas un fardo muy pesado, nunca se rebela porque se le explote, pues no conoce la vida sin explotación, no sabe que tal vida existe, y ¿cómo se puede desear algo que no cabe en nuestra imaginación? Un pueblo sólo se rebela cuando alguien de repente intenta cargarle con otro fardo. (p 122).

Su Majestad, empero, demostrando más perspicacia que sus policías, comprendió que la tristeza podía conducir a pensar, al desánimo, al público abucheo, a la total desgana, y por eso ordenó que el Imperio entero se convirtiera en un gran escenario de fiestas, ferias, bailes y mascaradas. Su Noble Majestad en persona mandó iluminar el palacio, dio banquetes a los pobres e incitó a la alegría. (p 124).

Oh sí, hay que guardarse siempre de los que tenían un poco, porque constituyen la fuerza más negativa, la más voraz; ellos son los que pujan hacia arriba con mayor insistencia. (p 142).

Por lo general , se dice que las sequías que se producen de cuando en cuando y provocan las malas cosechas son causa de las muertes masivas. Es el juicio que propagan las elites de los países que padecen hambre. pero es un juicio falso. La fuente del hambre radica generalmente en la distribuión injusta o errónea de la riqueza, del patrimonio nacional. En Etiopía había grano más que suficiente, pero los ricos lo escondían para venderlo más tarde por el doble de su precio, unas sumas inasequibles para los campesinoso los pobres de la ciudad. (p 174).

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