He pasado mi vida docente percibiendo resignado que a la mayor parte de la ciudadanía le cuesta entender que los seres humanos nos educamos en comunidad. Educarse en comunidad implica alternar el rol de enseñante con el de estudiante lo cual es válido tanto para asignaturas instrumentales -la matemática y la lengua- como, sobre todo, para aquellas encargadas de “troquelar conciencias”, es decir, las comprometidas con el crecimiento moral: “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos“, “Educación Ético-Cívica” y “Filosofía y Ciudadanía“.
Enseñar estas asignaturas de forma unidireccional es un camino directo hacia la ineficiencia, la manipulación y la deshumanización. Por el contrario, si se entiende la enseñanza del crecimiento moral como una comunidad de investigación en la que todos enseñan y aprenden gracias al campo de actuación que facilita el profesor -el facilitador-, se estará incentivando que cada estudiante descubra por sí mismo formas de razonamiento crítico ante dilemas éticos, ideas filosóficas e, incluso, dramas personales. El profesor debe limitarse a mostrar el camino para evitar el obstinado peligro de confundir educación moral con adoctrinamiento. Solo de este modo se puede empezar a abandonar nuestra minoría de edad en la didáctica de los valores en la beligerante sociedad del nihilismo, la tecnocracia y la postmodernidad.
Comparto con García Moriyón una de sus tesis principales que dice que la nueva sociedad de masas y de consumo, con sus potentes y omnipresentes medios de comunicación, ha mermado sensiblemente la importancia de la escuela como institución encargada de la educación moral de los niños y jóvenes (p. 20). De este modo una serie televisiva de moda o una actriz guapa influye moralmente mucho más que un simple profesor. Esto, en principio, no tiene por qué ser malo siempre que la serie o la actriz sean conscientes de su importante labor pedagógica, algo que, sin embargo, cuestiono.
Pero también dudo -y esto es más grave- de que todos los profesores de Ciudadanía sepan hacer eficientemente su trabajo pues algunos son acusados de negligentes por limitarse a proyectar películas ajenas a la asignatura o usar la clase para avanzar en materias distintas. También sospecho que hay docentes que caen en el extremo opuesto por creer que la educación moral consiste en modelar las almas de los niños en el troquel de las virtudes cívicas y de la propia vida escolar con sus premios y castigos, sus aprobados y sus suspensos, sus horarios de trabajo y sus reglas de disciplina interna. (p. 21); igualmente habría otro tercer tipo de docente irresponsable que, aunque víctima sin saberlo de las mafias financieras, se empeña en seguir legitimándolas al sostener que las virtudes cívicas que consideraban fundamentales aquellos ilustrados o burgueses liberales han dejado paso a unos valores seculares mucho más prosaicos, los propios de un capitalismo sustentado por el consumo y no por el ahorro y la laboriosidad (p. 27) haciendo valer una ética hedonista que solo fabrica pobres e injusticias porque el principio del placer sustituye al principio de realidad (p. 37).

El movimiento 15M es un claro ejemplo de arrojo moral frente a la desidia y sumisión de la mayor parte de la población. No se dejan troquelar
Además, es fundamental que el profesor de Ética no cometa el grave error de la enseñanza de valores que consiste en el absurdo imperativo inconsciente “Haz lo que te digo que hagas, no lo que me ves hacer” (p. 41). Para evitarlo, todo docente de moral y de ética debería prestar atención, entre otros, a los siguientes puntos que afloran del libro:
1) No etiquetar a los estudiantes con notas:
La responsabilidad del suspenso recae sustancialmente sobre las espaldas del estudiante al que le habrá faltado motivación o, sobre todo, esfuerzo y disciplina, y por eso es el único que paga el precio del fracaso con un año más de su vida en la institución escolar. A su padre y su madre no le pasa nada; sus profesores cobran lo mismo aunque suspendan la mayor parte de sus alumnos; las autoridades educativas políticas tampoco rinden cuentas por esos fracasos escolares. (p. 59).
2) No hundir la autoestima de los estudiantes:
La gente (…) percibe el fracaso como una cuestión personal (…) los estudiantes pertenecientes a la clase obrera y al sector de los agricultores y jornaleros fracasan en un porcentaje muy superior a los de la clase alta y los hijos de autónomos, y significativamente superior a los de clases intermedias. p. 60.
3) No dejarse influir por datos estadísticos absolutamente falsos:
El porcentaje, pequeño pero significativo, de niños y niñas que, por sus especiales capacidades intelectuales y afectivas logran salir adelante y llegar a la Universidad es suficiente para mantener con buena salud el ideal de la movilidad social para todos y para todas. (p. 61).
4) No colaborar de forma consciente o incosciente, activa o pasiva, en la perpetuación de las diferencias sociales injustas:
La clase alta (…) ha enviado a sus hijos a escuelas de pago garantizando de ese modo no tanto la calidad educativa cuanto el ambiente social en el que van a crecer sus hijos y las compañías que van a incidir en su desarrollo (p. 69)
5) No enseñar la democracia sin comportamientos democráticos:
La escuela como un todo debe convertirse en un espacio para la experiencia social y moral; por eso hay que transformarla en una comunidad democrática, con sus normas, sus representantes y prouectos gracias a los cuales los niños tienen experiencias sociales y morales que le van a ayudar a su propio desarrollo. (p. 137).
6) No suspender para, incomprensiblemente, ganar prestigio:
Algunos profesores caen en ese juego clasificatorio y buscan el prestigio de su asignatura a golpe de dificultad y de suspensos. (p. 164)
Ojala el profesorado en su conjunto, pero especialmente el encargado de la educación moral, logre acabar algún día con el hecho constatable de que la clase social de pertenencia sigue siendo un factor altamente predictivo del éxito académico y social (p. 247). Deseo también que los profesores seamos capaces de plantar las semillas morales que algún día fructifiquen en forma de paz mundial. Sin duda García Moriyón aporta con su nuevo libro una herramienta notable para seguir soñando con que otro mundo es posible. La clave está en mostrar arrojo moral evitando las moralinas:
El modelo de educación moral que este libro apoya, el que se manifiesta incipientemente en los comienzos, y va abriéndose camino, sin consolidarse realmente, señala expresamente que no corresponde al profesorado resaltar las moralejas para que los estudiantes las interioricen; esto es, la educación moral no debe ser nunca moralina. (p. 250).
Les dejo con una interesante charla de Noam Chomsky que, en la línea del libro de García Moriyón, acusa a la educación realmente existente de deseducar. Yo ya hago autocrítica. ¿Alguien más se atreve?
Noan Chomsky: El objetivo de la educación: La deseducación

