Fotografías de un profesor que lee a Nabokov en Teherán

Ha caído en mis manos la excelente novela autobiográfica y de crítica literaria de Azar Nafisi Leer Lolita en Teherán (El Aleph Editores, 2006). Les dejo con las fotografías que me hizo el periodista Fèlix Merino, una vez que ya se publicó el reportaje del pasado domingo, que bien podrían resumir de forma gráfica, salvando las distancias, el argumento de tan apasionante libro que, me temo, sólo un profesor occidental de literatura en Irán podría entender completamente.

AVISO A LOS LECTORES IRANÍES: El sitio donde tengo alojadas las fotgrafías es www.flickr.com lugar que está bloqueado en Irán, lo cual impedirá que se puedan ver las imágenes por esas tierras. Por tanto debe quedar claro que las fotografías son inocentes y no ofenden a nadie. El problema es que no encuentro otro sitio gratuito donde poner las fotografías con el suficiente ancho de banda.

A menudo les recordaba en broma a mis alumnas The Prime of Miss Jane Brodie, de Muriel Spark, y les preguntaba: «¿Quién de vosotras me traicionará?». Porque soy pesimista por naturaleza y estaba segura de que al menos una se volvería contra mí. (Página 17)

 

Eran mansas hasta para excusarse: querían que las perdonara, no conocían otro método, aquello era lo que esperaba la mayoría de los profesores. Dos se echaron a llorar. ¿Qué podían hacer? Nunca habían aprendido de otra forma; desde el primer día que había puesto los pies en la escuela elemental les habían dicho que memorizaran. Les habían dicho que sus opiniones no contaban en absoluto. (Página 288).

 

«¿Adónde hemos llegado, señor Bahri? ¿Era este su sueño revolucionario? ¿Quién pagará por todos los fantasmas de mi recuerdo? ¿Quién pagará por las fotografías de los asesinados y ejecutados que escondíamos en los zapatos y los armarios, que recortábamos de los periódicos mientras seguíamos haciendo otras cosas? Dígamelo, señor Bahri; o por utilizar esa extraña exprsión de Gastby, dígamelo, querido vividor: ¿qué vamos a hacer con todos esos cadáveres en las manos?». (Página 206).

 

Nos turnábamos para leer pasajes en voz alta, y las palabras se elevaban en el aire y descendían sobre nosotros como un vapor sutil que impregnara los cinco sentidos. Sus palabras tenían tal condición burlona y juguetona, tal alegría en su capacidad para delitar y sorprender, que no dejaba de preguntarme: «¿Cuándo hemos perdido esa condición, esta habilidad para burlarnos y crear luz de vida con la poesía? ¿Cuándo exactamente se produjo esa pérdida? Lo que tenemos ahora, esta retórica de sacarina, hipérboles pútridas y engañosas, apesta a perfume barato». (Página 228).

 

Un mes después de tomar la decisión de abandonar Allameh Tabatabai, Yassi y yo estábamos delante del portalón verde que daba acceso a la universidad. Lo que recuerdo más claramente de la universidad es el portalón verde. Lo había cruzado al menos dos veces al día, exceptuando los fines de semana, durante varios años, y sin embargo no puedo evocarlo tal como era. En mis recuerdos aquel portalón de hierro adquiere una cualidad elástica y se convierte en una puerta mágica que protege los terrenos de la universidad sin muros que la sostengan. Sin embargo recuerdo sus fronteras. Por un lado daba a una calle ancha que parecía conducir directamente a las montañas. Por el otro daba a un jardincillo que pertenecía a la Facultad de Filología Persa y Extranjera, un jardín con rosas persas y otras flores autóctonas alrededor de una fuente sin agua, ornamental y agrietada, con una estatua rota en el centro. (Página 50).

 

Haz lo que todos los poetas hacen con sus reyes filósofos. (Página 365).

 

Si volví a concetrarme en los libros fue porque eran el único reducto que conocía, un reducto que necesitaba para sobrevivir, para proteger algún aspecto de mi vida que ahora estaba en constante retirada. (Página 225).

 

Stalin despojó a Rusia de su alma escanciando la vieja muerte. Mandelstam y Sinyavsky la restauraron recitando poesía a los compañeros de presidio y escribiendo sobre el problema en sus periódicos. «Seguir siendo poeta en tales circunstancias -escribió Bellow- quizá sea como llegar al meollo de la política. Los sentimientos humanos, las experiencias humanas, la forma y la superficie humana, recobran su auténtico lugar, el primer plano.» (Página 407).

 

Trataba de ser políticamente justa. Además de estudiar El gran Gastby y Adiós a las armas, hablaba de las obras de Máximo Gorki y Michael Gold. Pasé muchos días curioseando en las librerías que había enfrente de la universidad. Aquella calle, rebautizada recientemente como Avenida de la Revolución, era el centro de las librerías y editoriales más importantes de Teherán. Era un placer ir de librería en librería y conocer a este vendedor o a aquel cliente ocasional que quería hablarme de alguna joya reciente, o sorprenderme diciendo que conocía a un oscuro escritor inglés llamado Henry Green. (Página 126).

 

Hay una expresión en persa, «piedra de la paciencia», que se emplea a menudo en épocas de inquietud y turbulencia. La idea es que una persona guarda todos sus problemas y desgracias dentro de una piedra. Ésta escuchará y absorberá sus sufrimientos y secretos, y así la persona se curará. A veces la piedra no puede soportar todo el peso y entonces revienta. (Página 409).

Domingo, 25 de Junio de 2006 14:56

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Autor: laumoma

Guau menudo reportaje que te hicieron. Y menudo mérito que tienes yo no se si sería capaz de hacerlo, con lo poco que me gustan a mi las fotos…

Bueno un saludo, Laura

Fecha: 26/06/2006 08:59.


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