La sociedad de la decepción

Portada del libro
Portada del libro de la editorial Anagrama

La editorial Anagrama acaba de publicar una entrevista al filósofo Gilles Lipovetsky que titula La sociedad de la decepción. Entrevista con Bertrand Richard. Tras la lectura del libro no sé si Lipovetsky es un utópico o todo lo contrario: un distópico, alguien que ve el futuro de la sociedad pintado de negro; pero da igual, ni utopía ni distopía sino argumentos líquidos, hoy dice algo y mañana su contrario, según su estado de ánimo, según el último estímulito.

El filósofo sigue en la línea de La felicidad paradójica pero más gamberro, más provocador y más arrogante. Sigue siendo un postmoderno en busca de sentido, como un adolescente al que acaba de dejar la novia por reventarse en público las espinillas. Ganarse la vida despotricando contra el prójimo debe tener consecuencias psicológicas, ¿se cree verdaderamente el autor el papel de conciencia de la humanidad que se ha autoasignado? Mi enfado, sin duda, viene porque el filósofo francés acierta con el diagnóstico de la sociedad, con el mío y con su autodiagnóstico: todo es absurdo, consumimos para olvidar.

Son clarificadoras sus afirmaciones sobre la educación como cuando afirma que:

«el papel de la escuela será primordial para aprender a situarse en la hipertrofia informativa. Uno de los grandes desafíos del siglo XXI será inventar nuevos sistemas de formación intelectual, una escuela posdisciplinal, pero también poshedonista. » (p 92)

y

«la probabilidad de que los niños procedentes de las capas populares sean directivos es cada vez menor. El problema es tan grave como escandaloso: la escuela de hoy es el centro de la decepción. (p 34).

También habla sobre los blogs ¡para acusarnos de narcisistas a los bloggers! ¡Él!:

Se cuelga un blog cada segundo. los foros de debate en la red y los filocafés conocen un notable éxito. Aunque estos fenómenos sean inseparables de cierto narcisismo y de una expresividad a veces confusa, expresa el deseo de ser menos pasivos, cierta necesidad de comprender y una curiosidad aguzada. No es verdad que la sociedad de la diversión haya triturado el deseo de comprender, de aprender y reflexionar. (p 91).

Es una lectura fresca (por lo de ágil y lo de descaro) que es necesario leer para entrever qué diantres nos está pasando, aunque para mayor rigor y profundizar en el tema hay que lanzarse a su La felicidad paradójica. Mientras tanto, a las perlas:

Después de las «culturas de la vergüenza» y de las «culturas de la culpa», como las que analizó Ruth Benedict, henos ahora en las culturas de la ansiedad, la frustración y el desengaño. (p 21).

Aunque la fe en Dios no desaparezca, todo indica que la religión ya no tiene la misma capacidad consoladora. (p 22).

La civilización del bienestar de masas ha hecho desaparecer la pobreza absoluta, pero ha aumentado la pobreza interior. (p 29).

No cuesta imaginar el resentimiento de los jóvenes que están inactivos durante años o que van de miniempleo en miniempleo, de cursillo en cursillo, sin acceso a la sociedad de hiperconsumo y, en definitiva, sin ganarse la propia estima. (p 31).

El sentimiento de ser parte de una nación decrece entre los jóvenes, mientras que aumentan los particularismos religiosos y localistas. La máquina de integrar, de hacer que los franceses se sientan felices de serlo, se ha averiado. (p 35).

El consumo engendra más satisfacciones que decepciones, porque es una ocasión para renovar lo cotidiano, un pequeño «acontecimiento» en la rutina de los días, capaz de «rejuvenecer», en cierto modo, nuestra vida. (p 47)

Son innumerables las quejas acerca de los profesores, la mala calidad de la asistencia técnica en Internet, la falta de interés humano de los médicos. Es lo que ha llevado a hablar de la «paradoja de la salud»: cuanto más se eleva el nivel de salud, más decepciones y dscontentos se producen. (p 51).

Los mismos que se desinteresan olímpicamente de la política esperan de ella ventajas y beneficios: seguridad, educación, ayudas públicas, protección del ambiente, eliminación de las desigualdaders. (p 84).

Donde la Iglesia fijaba antes imperativamente el bien y el mal, hoy hay comités de ética, polémicas, debates sobre el aborto, sobre la adopción de niños por homosexuales, sobre la procreación, las manipulaciones genéticas, la eutanasia. La época está llena de conflictos de índole moral. No vivimos la decadencia de la moral, sino una pluralización de las éticas, acorde con una sociedad secularizada, democrática e individualista. (p 90).

Estoy convencido de que la creciente influencia de las ciencias deparará más bien una nueva era de las humanidades que su extinción positiva. (p 93).

MÁS INFORMACIÓN:

Libro de notas.

El boomerang.

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