Esta es la historia de un profesor hastiado de su trabajo, cansado de la mediocridad de sus estudiantes y por lo absurdo de lo que enseña: filosofía. Para romper su rutina de perdedor se le ocurre enamorarse de una edulcorada versión mexicana de Lolita que le lleve por caminos peligrosos pero liberadores del gran tedio que supone sus cincuenta años de insulsa vida docente.

Es probable que la crisis de los cincuenta consista en arrepentirse de los caminos tomados en la vida y, en las noches de insomnio, plantearse retóricas como “¿que hubiera sido de mí si aquel día si en vez de… hubiera decidido…?”. A los cincuenta y tantos queda ya poca vida profesional por delante; las cartas están echadas. Es cierto que solemos vivir para entregar nuestras existencias a trabajos vacíos que nos matan antes de morir, eso lo describe muy bien Guillermo Fadanelli en Lodo (Anagrama, 2008) pero se equivocó al elegir la profesión del protagonista: El trabajo de profesor es apasionante, divertido, es un reto continuo incompatible con el aburrimiento y da vida antes de morir.

Vayamos a las perlas, pero antes vean cómo se expresa el autor para entender mejor el derrumbre moral que impregna a los personajes de su obra:

La fealdad me llevó a estudiar filosofía (p 13)

Mientras más lees te percatas con mayor claridad de la estupidez de los otros: te tornas agresivo, extraño y desembocas tú mismo en la imbecilidad. (p 16)

Después de cierto tiempo metido en la enseñanza de la filosofía uno termina por detestar a Sócrates y sospechar que tras su duda sistemática  se esconden argumentos vacíos: uno duda dudar. (p 26)

Los más cretinos resultaban ser mis alumnos positivistas. Ellos insistían en la posibilidad de la filosofía como ciencia. (p 28).

¿Cómo puede ser un escritor tan vanidoso como para pensar que otros dedicarán no sé cuántos años de su vida para entender su obra (p 33).

No tengo demasiada confianza en quienes han decidido estudiar filosofía inscribiéndose en la universidad. Con toda probabilidad las almas filosóficas no estarán dentro de esta facultad sino en el lugar más extravagante posible, vendiendo seguros de vida o estudiando las fallas geológicas en algún territorio lejano. (p 65)

A pesar del descrédito actual de los libros, pueden ser muy peligrosos en manos de un idiota. (p 136)

A fin de cuentas lo que el profesor intenta es remover el excremento que guarda el cerebro de algunos alumnos. (p 188)

Debe haber un punto en el que los estudios te hacen más estúpido. ¿En qué momento parar? (p 270)

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Comentarios

3 respuestas a «Lodo»

  1. Avatar de Irdabama
    Irdabama

    Vaya, vaya… La sexta da en el clavo de fijo. O al menos es la que más gracia me ha hecho, puesto que en mi universidad los filósofos son más diletantes que otra cosa y los filósofos-teólogos sólo hablan de Kant y Sto Tomás y los filósofos-periodistas no saben escribir bien el nombre de Kierkegaard y los filósofos-historiadores creo que nos centramos más en las venas antiimperialistas de Burke que en las absolutizaciones fichteanas… De todos modos cada uno aprende algo, útil o no, cada uno aprende lo suyo y luego elabora su propia filosofía, más cercana a lo metafísico o más cercana a la calle.
    Opino.

    Saludetes!

  2. Ciertamente, su forma de expresarse es entre hiper-tímida (quizás de ahí el uso continuo de la gorra tras la que se puede esconder), triste, desganada y vuelta de muchas cosas. Quizás el contraste entre su padre (educación rígida) y su madre (protectora) explique su carácter. Pero sí que da pena cómo después de los años muestra tanto descreimiento por la filosofía, en particular, y por la educación, en general. En fin, cada uno en este barco navega con lo que tiene, y para algunos esa desidia es su arma de trabajo para sobrevivir.

  3. «Debe haber un punto en el que los estudios te hacen más estúpido. ¿En qué momento parar?»

    Muy ocurrente y cierto. El principal problema de los pedantes es que no tienen mesura.

    ¡Feliz año!

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