La experiencia totalitaria

music No somos los ultimos por Zoran Music

En La experiencia totalitaria (editorial GutenbergTzvetan Todorov reflexiona sobre la delgada línea roja en que nos movemos los humanos, inclinándonos a veces hacia el mal y otras hacia el bien según va desarrollándose el contexto de nuestro existir, haciéndose eco de la conocida reflexión orteguiana «yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo«. El autor búlgaro se aferra a un telescopio social para ampliar la perspectiva de la maldad en el mundo que ya estudiara Zimbardo, hace veinte años, con un microscopio psicológico en El efecto Lucifer. Ambos autores lo explican bien: todos somos malvados en potencia de lo que se infiere que los más peligrosos son aquellos que creen que no lo serán nunca.

Un Estado democrático debe incluso proteger y salvaguardar a aquellos ciudadanos que atentan contra el propio sistema, algo totalmente inconcebible en una nación totalitaria. Por ejemplo el activista chino Liu Xiaobo permanece encarcelado en su país totalitario por querer transformar el sistema comunista en otro capitalista, tal y como indica en el punto 14 de su Carta 08 «Manifiesto de la disidencia china»):

Protección de la propiedad personal. Debemos establecer y proteger el derecho a la propiedad personal y promover un sistema económico de mercado libre y honesto. Debemos abolir los monopolios gubernamentales sobre el comercio y la industria, y garantizar la libertad de crear nuevas empresas. Debemos crear un Comité de empresas de Estado, responsable ante el Parlamento, que supervisará la transferencia de la propiedad del Estado hacia el sector privado de un modo honesto, competencial y ordenado. Debemos poner en marcha una reforma agraria que favorezca la propiedad privada de la tierra, que garantice el derecho de comprar y vender la tierra y permita, al verdadero valor de la propiedad privada reflejarse en el mercado.

Esta razón explica, aventuro, que se le diera el premio Nobel de la paz, que más bien parece sufragado por las multinacionales deseosas de invertir en China que por un deseo de premiar los esfuerzos por la concordia entre los pueblos, a no ser que se entienda por «concordia entre pueblos» a la capacidad de mercadear con total libertad. Es normal que las autoridades comunistas chinas se enfaden y también es comprensible que las autoridades capitalistas occidentales quieran extender sus redes en el jugoso mercado chino. Es por esto que pongo en duda la validez moral de Xiaobo, cuyo acto, sin duda, es muy valiente, pero no moral porque según Todorov:

Un acto sólo es moral si los beneficiarios del mismo son los otros y nos lo exigimos a nosotros mismos. (p. 18)

Verle rodeado de libros e implacable al desaliento me emociona. Dejando de lado la admiración que siento por él no puedo evitar pensar en quiénes están detrás de la concesión del premio. Es sabido que hay lobbies que presionan para que los den a unos y los nieguen a otros, como el que ha intentado -arrogante y vanidosamente- dárselo a la fundación Vicente Ferrer; triste es reconocerlo, pero si no hay presiones no hay premio. Xiabu es un burgués en un país donde casi todos son proletarios, al igual que Shirin Ebadi, la premio Nobel iraní, es una burguesa en un país donde la pobreza se incrementa cada día. Ambos son percibidos como una amenaza por parte de la mayoría de sus compatriotas incultos y empobrecidos (los estados totalitarios los exige y los tolera el pueblo, aunque sea una minoría muy visible la que disienta) porque temen que sus condiciones de vida paupérrimas empeorarían si los burgueses llegaran al poder. China reacciona al premio a Liu Xiabu exactamente igual a como reaccionó la Unión Soviética cuando se lo dieron a Pasternak o como lo hiciera la República Islámica de Irán cuando se lo entregaron a Shirin Ebadi.

Los premios Nobel cuentan con un poder de desestabilización enorme, son aniquiladoras bombas meméticas capaces de despertar revoluciones (no olvidemos que se sufragan gracias a la venta de pólvora y que la ingeniería memética no deja de ser pólvora virtual) y de amenazar gobiernos. ¿Qué pasaría si dieran el Nobel a alguno de los grandes escritores iraníes afectos al régimen islámico? ¿O a algún extraordinario escritor norcoreano -que supongo que lo habrá- simpatizante del juche? ¿O al excelente escritor Alfonso Sastre simpatizante de ETA? ¿Clamarían las democracias contra Noruega? ¿Se tambalearía la democracia capitalista o se tambalearía la legitimidad del premio? Es obvio deducir que un premio surgido en el sistema capitalista jamás premiará a alguien simpatizante de otro modelo de organización estatal.

El intelectual Xiaobo podría correr el peligro de convertirse en un «tonto útil» para los intereses occidentales, a los que no les preocupa la persona sino su capacidad de despejar caminos para abrir mercados. Todorov hace una referencia a estos «tontos útiles» cuando habla de Raymond Aron, un intelectual valiente que fundó el Congrès pour la Liberté de la Culture del que luego se supo que estuvo financiado por la CIA. De este modo comunismo y ultraliberalismo conforman un nudo gordiano en el que ambos quieren apropiarse exclusivamente el calificativo de «democrático»:

El ultraliberalismo no es sólo enemigo del totalitarismo, sino que es además, al menos en determinados rasgos, un hermano enemigo, una imagen inversa, pero también simétrica (p. 44).

Disidentes como ellos surgen en sistemas totalitarios y son encumbrados por Occidente. ¿Pero qué sucede con los disidentes occidentales? También se les intenta eliminar pero jamás se les condecerá el Nobel. La acción de Assange, el fundador de la emocionante web Wikileaks que sin duda pasará a la historia, a diferencia de la de Xiaobo, sí es moral porque no pretende cambiar un sistema económico del que sacaría provecho sino beneficiar a la humanidad en su conjunto -sobre todo a las víctimas de la mezcla explosiva de violencia y mentiras- poniendo en riesgo su propia integridad. Esto último cuestiona lo que indicaba más arriba acerca de que «la democracia debe salvaguardar a todos», lo que lleva a pensar que nuestro sistema occidental no sea del todo democrático ostentando tintes totalitarios muy marcados aunque disfrazados de libertad.

Tras este breve acercamiento global a lo que supone un sistema totalitario a la luz del libro de Todorov, he de hacer una interpretación del mismo al sistema educativo, tal y como acostumbro en mis escritos. En esta línea pienso que lo fundamental de la clase de Ética es poner al alumno en una situación límite en la que se vea obligado a ejercer el mal por propia supervivencia, como la de ser un soldado de las SS en un campo de exterminio polaco, un jemer rojo que tortura por miedo, un afrikáner surafricano supremacista que ve más torpes a los de otras razas o a un soldado israelí que mata sin complejo de culpa porque la alternativa es perder su tierra recién tomada; de este modo se mete de lleno a los alumnos en su papel de «malvado» al estilo Stanislavski, haciéndoles ver si serían capaces de comportarse de forma heróica saliéndose del papel de villano al que estaba irremisiblemente condenado. La empatía con el mal les vacuna contra futuras aberraciones en que caiga la humanidad en las que ellos se vean inmersos como verdugos. Nadie está libre de no ser jamás un asesino sanguinario por lo que es perentorio que en ese momento de decisión moral se les encienda algo en la memoria, una especie de «piloto automático moral», que les recuerde lo que estudiaron en la clase de Ética o Filosofía. Todos los profesores deberían obligar a sus alumnos a hacerlo. El ímpetu moral no es innato, es necesario enseñarlo. Si no es así sucedería lo que bien  explica Todorov:

El peor grupo humano es el que se cree perfecto. (p. 75).

«Seguramente tiene usted razón, pero ¿qué haría si estuviera en el lugar del primer ministro?» (p. 93)

Parece que el mal, una vez introducido en la vía pública, se perpetúa con gran facilidad, mientras que el bien siempre es difícil, escaso y frágil. (p. 186)

[Bizot] Si no se convirtió en torturador o en asesino, no es porque esté hecho de otra pasta, sino porque durante su cautiverio tuvo la suerte de no verse en la necesidad de matar, y el resto del tiempo, de vivir en un Estados de Derecho, el único que detenta la violencia legítima. (p. 283).

Hemos de construir ciudadanos que no sean maniqueos, vivir en democracia exige responsabilidades para las que hay que estar formados y educados, lo cual no es sencillo. Un pueblo inculto no es gobernable con democracia. Un ciudadano que piense que jamás ejercerá el mal tendrá todas las papeletas para hacerlo. Es tanta la importancia de los profesores de «Ciudadanía» (que debería llamarse simplemente «Democracia») que no debería haber libertad de cátedra y las autoridades deberían pasar a su aula cada mes, sin avisar, para comprobar que están haciendo bien su crucial trabajo.

Unos ciudadanos educados con rigor en democracia y conscientes de que ellos mismos podrían ser verdugos no están atemorizados:

El objetivo de la Seguridad no son los culpables, sino los inocentes, a los que es preciso mantener todo el tiempo atemorizados para que colaboren con ella y la ayuden  a alcanzar este otro ideal: una sociedad totalmente transparente, bajo continua vigilancia, en la que el aparato de control pueda disponer de un conocimiento total sobre la población (…)  El nepotismo y el favoritismo adquieren libre curso, y buscar a un tío, un cuñado o un primo influyente es la única manera de gestionar mil problemas cotidianos.  La tan cacareada igualdad de todos los ciudadanos funciona en realidad como una fachada de una sociedad de castas formada por círculos concéntricos alrededor del núcleo de poder (…)  (p. 28)

Las víctimas de la represión estanilista se cuentan por decenas de millones, el resto de la población vive en la pobreza y el miedo, y la naturaleza está profundamente degradada. El hombre nuevo que el comunismo debía producir sólo habrá existido en los eslóganes del partido y en las novelas del realismo socialista (…). El comunismo no muere a consecuencia de la derrota militar, sino de muerte natural, y aún así sólo ha dejado tras de sí la desolación material y moral. (p. 243).

Unos ciudadanos educados con rigor en democracia y conscientes de que ellos mismos podrían ser verdugos no son envidiosos:

Sentir la embriaguez del poder, que procede de tu capacidad de perjudicar a otros, incluso (o sobre todo) a tus amigos, a los que la vida les va mejor que a ti, puede consolarte de una existencia fracasada. (p. 30)

Batjin renuncia sistemáticamente a todo reconocimiento público, incluso huye de él. Esta estrategia, que neutraliza las envidias personales, le resulta muy útil para sobrevivir en la Unión Soviética. (p. 140)

Unos ciudadanos educados con rigor en democracia y conscientes de que ellos mismos podrían ser verdugos son conscientes de que el bien se dice de muchas maneras:

Creen tener la razón absoluta y pretenden imponer el bien por la fuerza. Por lo tanto, no les queda más remedio que hacer la guerra. (p. 38).

Unos ciudadanos educados con rigor en democracia y conscientes de que ellos mismos podrían ser verdugos no se regocijan con el dolor ajeno:

[Germaine Tillion] descubrirá que hay seres humanos que no sólo traicionan por egoísmo o avidez, sino que además gozan con el sufrimiento de los demás. Para ella éstos ocupan el escalón más bajo de la calidad humana y representan lo que llamará «la vertiente atroz de la humanidad». (p. 56)

Unos ciudadanos educados con rigor en democracia y conscientes de que ellos mismos podrían ser verdugos no se dejan manipular por los medios de comunicación:

Entre 1990 y 1997 el periódico Le Monde mencionó el nazismo cuatrocientas ochenta veces, y el estalinismo, siete; Auschwitz aparece ciento cinco veces, y Kolymados. (p. 32) .

(Compruebo estupefacto que en El país hay dos referencias para Kolymadecenas para Auschwitz. Obviamente con «manipulación» me refiero a que se ocultara la información de lo que pasaba en la Unión Soviética; en este sentido Wikileaks supone un nuevo giro de tuerca en el perfeccionamiento democrático, comparable a los valientes escritos de Spinoza, Montesquieu, Veblen y tantos otros).

Stalin dice que sólo quiere paz y amor entre los pueblos (es decir, que hay que reforzar el armamento para que en las siguientes conquistas no se produzcan incidentes). (p. 203)

Unos ciudadanos educados con rigor en democracia y conscientes de que ellos mismos podrían ser verdugos son conscientes de la historia que les ha llevado a ser lo que son y a no repetir los mismos errores; no añaden más dolor gratuito a esta inmensa bola de dolor que es el mundo:

Podemos estar seguros de que los dirigentes israelíes conocen a la perfección las persecuciones que sufrieron los judíos durante la guerra, pero eso no les ha impedido, en diferentes momentos de la historia reciente, perseguir a los palestinos, que habían cometido el error de quedarse en una tierra que había dejado de ser suya. (p. 270)

Si diez millones de congoleños mueren entre 1880 y 1920 por culpa de los colonizadores belgas, no se trata de un genocidio, ya que no formaban una población culturalmente homogénea, como Lemkin cree que sucede en el caso de los judíos. (p. 255)

Cuadro por Zoran Music

Los cuadros que ilustran este artículo son de Zoran Music, citado por Todorov, y los he obtenido de esta web. Si el propietario del copyright considera inoportuna su reproducción en este artículo puede ponerse en contacto conmigo.


Comentarios

2 respuestas a «La experiencia totalitaria»

  1. […] “que paguen justos por pecadores”; antes de enfurecerse y violentarse deberían leer La experiencia totalitaria y El efecto Lucifer. Si nos dejáramos llevar por  el espíritu totalitario hundiríamos todo el […]

  2. […] de este peligro, más que probable, del que habla el búlgaro-francés Tzvetan Todorov en Los enemigos íntimos de la democracia (Galaxia Gutenberg, 2010). Cualquiera es […]

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