Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

Respeto en clase de Ética
«Internet nos convierte en superficiales» es la tesis principal de Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, publicado por Taurus, con claras implicaciones para la educación y de obligada lectura para docentes que intentan innovar con las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). «Hay que conocer al enemigo para poder vencerlo», es el pensamiento que me lanzó inmediatamente a mi librero para solicitar esta obra que pretendía desmenuzar y refutar arrogantemente. Si bien es cierto que llevo bastante tiempo pensando que las TIC educativas no son la panacea -por verse manipuladas desde la política y apropiadas por parte de docentes que confunden los medios con los fines–  no obstante considero que las TIC, bien aplicadas, ayudan a mejorar el aprendizaje. Pero la lectura de este libro me ha escorado un poco, y ya son muchos «pocos», hacia la tecnofobia o al tecnoescepticismo en lo que es un giro hegeliano que deseo que encuentre pronto su síntesis.

Bien es cierto que la mayor parte de la humanidad si por algo se caracteriza intelectualmente es por su superficialidad -con o sin Internet-, es por ello que adentrarse durante varias horas en textos y mantener el nivel apropiado de concentración es exclusivo de una elite lectora, que se irá renovando también en tiempos de la razón tecnológica, y que convivirá, como siempre ha sido, con la pantagruélica mayoría superficial. En cualquier caso tanto profesores como alumnos estamos imbuidos en una puerilidad cognitiva que, quizá, sea correlativa a la fase infantil de la tecnología en la que nos hallamos y que todo esto cambie en el futuro.

Tras leer el libro me veo obligado a rediseñar Filotic, la plataforma que utilizo para dar mis clases. Filotic, por ser un proyecto, es eternamente actualizable, a diferencia de un libro impreso que es un objeto terminado (p. 134). Para aprender eficientemente los estudiantes deben trabajar con materiales terminados que les despierten el apetito para investigar por su cuenta. Internet, al parecer, perfila unos cerebros superficiales que paulatinamente cercenan la capacidad de profundizar en un tema, de concentrarse y de alcanzar el pensamiento complejo. También estoy de acuerdo con la crítica al hipervínculo porque la gente que lee texto lineal entiende más, recuerda más y aprende más que aquellos que leen texto salpimentado de vínculos dinámicos (p. 157). Dicha crítica a la red la haría extensiva al libro de texto, dado que en el fondo no es más que un conjunto de textos reunidos e hipervinculados entre sí en papel.

A pesar de que no inserto publicidad es inevitable no pararse a pensar en lo que dice Carr: Cuando las personas no están siendo bombardeadas por estímulos externos, sus cerebros pueden, en efecto, relajarse. (p. 263).  En este sentido me pregunto si Filotic relaja, apoltrona y desactiva el pensamiento crítico por facilitar el paso a demasiada información; además me planteo si da los contenidos demasiado masticaditos dejando poco a los estudiantes para morder. Hemos de conseguir que Filotic estimule los circuitos del pensamiento complejo, que se adentren en la lectura de tercer nivel como si fuera una rutina, porque, como indica Carr, las actividades rutinarias se llevan a cabo de manera cada vez más rápida y eficiente, mientras que los circuitos no utilizados se van agostando. (p. 50).

No sé si Filotic es contraproducente para el pensamiento abstracto, pero sin duda programas informáticos como PowerPoint son nefastos para la clase de filosofía porque cercenan todo atisbo de abstracción, todo lo ciñe al mundo de lo concreto, exactamente igual de nocivo que los apuntes fotocopiados o dictados entre una amalgama de «¿puede-repetires?»y «¡más-despacios!»; la didáctica de la filosofía consiste en que los alumnos saquen de sí mismos el conocimiento, como decía Sócrates, ayudado por un profesor-sacacorchos que, por estar muy bien preparado, sabe hacer preguntas. En este sentido la tecnología bien utilizada ayuda y acaba con metodologías del dictado o del libro de texto que, en mi modesta opinión, son aberrantes pues atentan contra el objetivo mismo de la filosofía que es el desarrollo del pensamiento crítico como bien se explica en las «Recomendaciones de la UNESCO para la enseñanza de la Filosofía«.

Aparte de echar de menos más datos científicos que corroboren la tesis de Carr -lo cual se le perdona pues el hombre es doctor en literatura- comete el autor un error de bulto al tildar a Inmanuel Kant de racionalista (página 43) lo cual me pone a la defensiva, conscientemente ad hominem, frente a lo que podría ser una retahíla de afirmaciones literarias revestidas de cientifismo simplón que, eso sí, se entremezclan con otras frases certeras e inspiradoras para quienes nos dedicamos al oficio de educar:

Esta plasticidad de nuestras sinapsis armoniza dos filosofías de la mente que hace siglos estaban en conflicto: el empirismo y el racionalismo. (p. 42).

La evolución nos ha dotado de un cerebro que literalmente puede cambiar de forma de pensar una y otra vez. (p. 47).

Puede que Descartes se equivocara con su dualismo, pero parece haber acertado al creer que nuestros pensamientos pueden ejercer una influencia física sobre nuestros cerebros, o al menos provocar una reacción física en ellos. Neurológicamente, acabamos siendo lo que pensamos. (p. 49)

La tecnología del mapa dotó al hombre de una mente nueva y más comprensiva, más apta para entender las fuerza invisibles que dan forma a su entorno y existencia. (p. 58).

El mundo de la pantalla, como ya estamos empezando a comprender, es un lugar muy diferente del mundo de la página. Una nueva ética intelectual se está afianzando. Los caminos de nuestro cerebro vuelven a rediseñarse. (p. 100).

Cada vez que encendemos el ordenador, nos sumergimos en un «ecosistema de tecnologías de la interrupción» (p. 116)

La era de la lectura masiva de libros ha sido una breve anomalía de nuestra historia intelectual. Estamos viendo cómo ese tipo de lectura vuelve a su antigua base social: una minoría que se perpetúa a sí misma, lo que podríamos llamar la clase leyente. (cita a otros, p. 135).

Nuestra capacidad de establecer las ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos profundamente y sin distracciones permanece en gran medida desocupada. (p. 152)

Descifrar hipertextos es una actividad que incrementa sustancialmente la carga cognitiva de los lectores; de ahí que debilite su capacidad de comprender y retener lo que están leyendo. (p. 156)

Hay evidencias de que el efecto Flynn puede estar empezando a desaparecer, en coincidencia con un uso generalizado de la Web. (p. 179)

Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el mental. (p. 185).

Los que celebran la «externalización» de la memoria a la Web se han dejado engañar por una metáfora. Pasan por alto la naturaleza fundamentalmente orgánica de la memoria biológica. (p. 232)

Con cada expansión de nuestra memoria viene una ampliación de nuestra inteligencia. (p. 233).

Cuando más usemos la Web, más entrenamos nuestro cerebro para distraerse, para procesar la información muy rápidamente y de manera muy eficiente, pero sin atención sostenida. (p. 235)

A medida que el uso de la Web dificulta el almacenamiento de información en nuestra memoria biológica, nos vemos obligados a depender cada vez más de la memoria artificial de la Red, con gran capacidad y fácil de buscar, pero que nos vuelve más superficiales como pensadores. (p. 236)

Las herramientas de la mente amplifican y a la vez adormecen las más íntimas y humanas de nuestras capacidades naturales: las de la razón, la percepción, la memoria, la emoción. (p. 253)

Cuanto más inteligente sea un ordenador, más tonto será el usuario. (p. 259).

Cuanto más distraídos nos volvemos, menos capaces somos de experimentar las formas más sutiles y más claramente humanas de la empatía, la compasión y otras emociones. (p. 265)


Comentarios

8 respuestas a «Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?»

  1. Avatar de Héctor
    Héctor

    ¡Qué bien me hace leer tu blog! ¡Qué lindo es aprender leyéndolo! Le das un nuevo sentido a mi «ser-docente». Desde Argentina… ¡GRACIAS!

  2. Avatar de anónimo
    anónimo

    hola Rafael, que opinas de la ya famosa entrevista de Ana Pastor al presidente irani?

  3. Acabo de escribir un artículo para una revistita del CEP de Lanzarte muy relacionado con este tema, en la que hago mención al libro de Carr.

    ¿Te lo puedo enviar y me dices qué opinas? El tema es: el uso del correo electrónico como herramienta docente, a medias entre la tecnofobia y la tecnofilia.

    Un abrazo.

  4. Sí Andriu, me interesa mucho. Un abrazo.

  5. Avatar de carmela
    carmela

    el internet como todo tiene su lado bueno y malo pero siempre se deben tomar las cosas buenas como yo q tomo clases por internet

  6. Avatar de genaro
    genaro

    interesante. . . me parece que las tics mal aplicadas, efectivamente nos vuelven superficiales, sin embargo cuando aprovechamos las bondades de la tecnología, podemos hacer que nuestros alumnos accedan a otro tipo de educacion. . . .

  7. Hola Héctor: gracias por tu amabilidad.

    Hola Anónimo: no tengo una opinión formada al respecto.

    Hola Carmela: ¿han sido útiles las clases por Internet?

    Hola Genaro: Estoy de acuerdo contigo.

  8. […] educación, pero avancemos con pies de plomo. Si leen los libros Demencia digital de Spitzer y Superficiales de Nicholas Carr entenderán mis reticencias tecnológicas. Les dejo con la presentación de […]

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