Globalización y filosofía

La función principal del filósofo contemporáneo debería consistir en pensar la globalización y criticar la metodología fraudulenta con que se intenta imponer en todos los rincones del planeta. Es cierto que el filósofo también debe tratar otras ramas filosóficas pero en nuestra lamentable coyuntura -si se desea seguir el mandato ético «no basta con interpretar el mundo sino que es preciso transformarlo»- el tema crucial a reflexionar es la globalización y sus turbios entresijos. Ya habrá tiempo para la metafísica o la filosofía del arte.

Bien es cierto que una globalización bien planificada y que se rija por principios morales universales -no comerciales- puede contribuir positivamente al desarrollo de los desheredados de la fortuna, pero la globalización realmente existente parece que les hunde más en el ostracismo. Estudios buenistas, como «El comercio mundial al servicio de los pobres» del Grupo Científico de Trabajo de la Conferencia Episcopal Alemana para Tareas de la Iglesia Universal, tratan de conciliar la mundialización comercial con la salida de la pobreza pero de momento se queda en una mera declaración de intenciones demasiado optimistas con el comercialismo. Lo que está claro es que los pobres siguen sufriendo y con la crisis-estafa que asola a Occidente, sufrirán mucho más, a pesar de lo que digan las maravillosas proyecciones de Hans Roling.

Michael Reder ha publicado Globalización y filosofía (editorial Herder, 2012), obra que ayuda a entender el proceso de globalización desde una perspectiva ajena a la que nos tienen acostumbrados los economistas; ya que aquellos no aciertan a escudriñar los males del planeta es preciso sacar a los filósofos de sus refugios en las cátedras para que desvelen la globalización, la diagnostiquen y propongan una cura. Reder hace un excelente trabajo descriptivo y de diagnosis pero aún se precisa de filósofos que receten fármacos y, sobre todo, que apliquen una agresiva cirugía a vida o muerte.

La propuesta de Reder es que la globalización debería decantarse por un modelo de gobernanza global que mezcle las posiciones éticas del liberalismo y del comunitarismo (cfr. p. 71) frente a las posturas relativistas o utilitaristas a las que acusa de reduccionistas.

En cualquier caso es difícil imponer la globalización cuando la autoridad mundial está en entredicho porque «solo puede acatarse si se ejerce y si se percibe como tal, es decir, depende siempre de la aceptación que encuentre en grupos de personas lo suficientemente grandes o importantes» (p. 46); o cuando las disparidades morales son acuciantes impidiendo determinar «hasta qué punto los hombres de todo el mundo pueden recurrir a unos mismos criterios morales para valorar acciones o instituciones» (p. 61); o cuando existe una clara hegemonía de unos sobre otros que obliga a «ser escéptico frente a aquellas tesis filosóficas en cuyo surgimiento ha participado una sola cultura y que, sin embargo, convierten a esta en el único criterio de valoración. Una filosofía de la globalización debería, por lo tanto, reconocer las diferencias culturales y, al mismo tiempo, buscar sus puntos de intersección» (p. 53).

En el fondo la globalización es un asunto que solo se resolverá desde la conciencia y, por tanto, desde la educación, por ello plantea Reder lo siguiente:

¿Crece la conciencia de la interdependencia de la realidad global?, entonces lo humano también triunfará -esta es la esperanza de muchos filósofos que se ocupan de la globalización». (p. 84).

El diagnóstico que invita a imponer una dieta de comunitarismo y liberalismo como mejor forma de encaminar la inevitable globalización la fundamenta Reder en un exhaustivo recorrido descriptivo por los siguientes filósofos:

Inmanuel Kant, de quien alaba la actualidad de su concepto del federalismo ya que «las Naciones Unidas es exactamente el sistema de federalismo de estados libres cuyo punto de partida es fundamental es la soberanía de los Estados, y cuya construcción se basa en acuerdos y tratados de cooperación». (p. 89)

John Rawls, de quien destaca la distinción que hace de cinco tipos de órdenes sociales en el plano global: los pueblos liberales razonables, los pueblos decentes que respetan los derechos humanos, los outlaw-regimes que desprecian los DDHH, las sociedades lastradas por condiciones desfavorables y las sociedades absolutistas. (cfr. 120)

Jürgen Habermas, de quien remarca su interpretación del terrorismo como una patología comunicativa en el sentido de que interrumpe la comunicación, aumenta la desconfianza y acelera la espiral de violencia (cfr p. 128)

Richard Rorty,  del que recuerda su «no existe una verdad absoluta» así como su sospecha de que «la guerra contra el terrorismo es potencialmente más peligrosa que el propio terrorismo» (p. 136).

Michael Walzer, de quien subraya su respeto de las diferencias como punto de partida ineludible de cualquier ética de la globalización (cfr. p. 142) de yoes divididos por diferentes tradiciones.

Jacques Derrida, de quien refiere que, al igual que Habermas y Derrida, da gran importancia al terrorismo en el proceso de globalización y sobre el que afirma que «con la guerra contra el terrorismo los países occidentales destruyen su propio sistema inmunitario que se basa en el vínculo entre razón, moral y derecho»Q (147) convirtiéndose en «Estados canalla».

Reder finaliza su ensayo analizando varias facetas de una filosofía de la globalización, a saber, el 11 de septiembre, la Organización Mundial del Comercio, la responsabilidad de las empresas transnacionales, las tecnologías de la información, el cambio climático, las religiones como actores globales, la cooperación con África y el futuro del cosmopolitismo.

Globalización y filosofía es un importante punto de partida para un trabajo reflexivo gigantesco que apenas acaba de comenzar. Si no se lleva a buen término -y pronto- nos veremos encanallados por una globalización deshumanizada cuyos efectos serán muy dolorosos. ¡Filósofos del mundo, despierten! ¡La humanidad les necesita!


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