587,29 dólares

Cuando se viaja al extranjero para una larga temporada es requisito indispensable contar con un buen seguro médico, sobre todo en un país como Estados Unidos donde no compadecen a quienes no están asegurados. Aquí no se atiende al que le sobreviene una enfermedad sin estar asegurado y además, lejos de despertar el espíritu solidario, le denigrarán a sus espaldas con expresiones tales como «él ya conocía los riesgos y las reglas del juego», «se lo tiene merecido», «yo gasto mucho en mi seguro, que lo hubiera pensado antes», «no tengo que pagar con mis impuestos la temeridad de este señor», y demás morralla neoliberal que, dicho sea de paso, resulta antiestética en boca de los obreros que la propalan.

Y es que en este país la mayoría de los obreros son tan torpes que se les llena la boca de un discurso neoliberal que no comprenden cegados por su creencia pueril de pertenecer a una clase social superior a la que realmente pertenecen. Porque deben saber ustedes que Estados Unidos está lleno de obreros ingenua y excesivamente esperanzados y ya nos advirtió Walter Benjamin que «solo aquellos que no tienen esperanzas nos dan la esperanza».

Una típica farmacia estadounidense, donde venden vino al lado de pastillas contra la cirrosis y refrescos azucarados junto a inyecciones de insulina para diabéticos

Disculpen la digresión, prosigo. También el hecho de haber contratado un buen seguro entraña no pocas dificultades como las que hemos padecido recientemente por una dolorosa faringitis. Para ir a la consulta primero hay que llamar a la compañía de seguros en España y, tras cuatro horas, devuelven la llamada para indicar la dirección del centro médico al que hay que asistir. Tardan tanto en responder porque, según me cuentan los telefonistas de la aseguradora, Estados Unidos es un país muy peculiar, en el que las distintas compañías de seguros se deben poner de acuerdo entre ellas y con el centro médico al que mandar al paciente. No quiero ni pensar qué sucedería en caso de sufrir una urgencia. Por supuesto la excesiva burocracia, más bien propia de un país totalitario, no solo ralentiza la atención médica sino que además incrementa cuantiosamente sus precios.

El caso es que en el centro médico hacen todo tipo de análisis, muchos de ellos prescindibles, por un sencillo tratamiento de la faringitis cuya sobredimensionada factura trasladarán después al seguro. De hecho me cuentan fuentes bien informadas que los jefazos solicitan objetivos a sus médicos para cobrar jugosas comisiones y si hay que mandar una colonoscopia al que le duelen los pies, se hace porque ¡el seguro lo pagará y la farmacéutica lo sabrá recompensar!

De este modo atiende un médico y dos enfermeros que toman muestras de sangre, de mucosas, de saliva, ponen una inyección, piden pruebas al laboratorio, regalan todas las botellitas de agua mineral que uno quiera, empapelan a uno con burocracia absurda… y al final dan una receta con la que hay que ir a una farmacia que, según me indican, «tiene que trabajar con el seguro médico».

Así que me desplazo a la farmacia para comprar el antibiótico (eritromicina) pensando que costaría, iluso de mí, como máximo treinta dólares. Y es que en los seguros de viaje lo normal es que uno pague la medicina y unas semanas después le sea reembolsado.

Una vez en la farmacia, tras recorrer los distintos pasillos del establecimiento plagados de tentaciones nocivas para la salud (chocolates, refrescos azucarados, bebidas alcohólicas, peanutbutter, patatas fritas, etc) llego al dispensario situado al fondo donde, tras entregar la prescripción, me piden los datos del seguro; respondo que prefiero pagar porque luego me lo reembolsan.

Mientras espero la respuesta, la dependienta afroamericana va dibujando una cara de pena y contesta —no sin antes dar un largo suspiro y mirarme con los ojos bien abiertos, el ceño fruncido y las manos juntas como para rezar pero queriendo pedir disculpas y buscar mi comprensión o mi perdón—:

—Ok, Mr Robles, you have to pay $587,29.

Lo dijo todo rápido, de golpe, como queriendo expulsar un demonio:  Ok,MrRobles,youhavetopay$587,29. Pagué resignado y me fui de allí sin despedirme (no por maleducado, sino porque se me olvidó), con cara de tonto y mirando incrédulo la desproporcionada cifra que aparecía en el recibo y, sobre todo, asqueado por la publicidad del mismo ticket para participar en un sorteo de 3000 dólares patrocinado por no sé qué empresa de préstamos.

Mientras salía de la farmacia pensaba que es admirable, por inmoral que sea, la capacidad que tienen estos usamericanos para ofrecer productos y servicios al que los necesita desesperadamente, su intuición de la oferta y la demanda es tan eficiente como la de los buitres encontrando la carroña.

Otra cosa repugnante del sistema sanitario usamericano es que también venden pastillitas homeopáticas en las farmacias. ¡Menudo timo! Claro, quien no pueda pagarse el antibiótico deberá comprar este fraude que, al menos, es más barato.

Comentarios

2 respuestas a «587,29 dólares»

  1. Me hace valorar más nuestro sistema sanitario.

  2. […] cotidianos: los derivados de la singular política de tenencia de armas (código rojo incluido), el no menos peculiar sistema sanitario, su forma de ver los medios de transporte. La visión que aporta de los diferentes escenarios y su […]

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