Encarcelado

La migra lo detuvo en la calle en un control rutinario. No tiene papeles así que lo ingresaron en la prisión estatal, donde sigue rodeado de pederastas, asesinos y gentes de similar ralea. Elegante donde los haya, trabajador incansable y extraordinariamente preocupado por la educación de sus hijos —uno de ellos es alumno mío— sufre en carne propia la deshumanizada maquinaria anti-inmigratoria.

Pretendía regalar una mejor vida a su familia y aquí los trajo de forma irregular, a la tierra prometida, como haría cualquiera cuando la patria le maltrata. Lleva varios meses entre rejas y le salvan los libros de filosofía (Spinoza, ¡cómo no!) y las visitas esporádicas de sus hijos.

Su primogénito, de diecisiete años, me espera al terminar la clase y se le saltan las lágrimas. Faltará varios días y me pide trabajo, libros y una carta de recomendación para mostrarla al juez. La acabo de escribir con la sensación de que en este país ganan quienes mejor relatan; los jueces aman un buen storytelling y condenan a quienes les hacen bostezar. Y es que Estados Unidos es el país de la formas, nunca del fondo: se salvan quienes no aburren a los votantes, ni a los consumidores; ni al juez.


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