El manga de En busca del tiempo perdido

Pertenezco a la secta proustiana. Quienes hemos leído a Proust nos reconocemos al intercambiar unas pocas palabras porque su lectura imprime carácter y marca al lector de por vida. Uno no vuelve a ser el mismo tras recorrer sus cuatro o cinco mil páginas. Siento decir que para adentrarse en su lectura se requiere de un estado mental que no está al alcance de cualquiera: se precisa disciplina, capacidad de introspección y dejarse arrastrar con arrojo por la turbulenta y aristocrática corriente de conciencia proustiana. Disculpen la arrogancia: los lectores de Proust somos la aristocracia de los lectores.

No soy un gran aficionado al manga, pero la versión de En busca del tiempo perdido me reconcilia con estas historietas de origen japonés. Los japoneses lo manganizan todo y se han atrevido hasta con el abstractísimo mundo mental proustiano. ¿Cómo es posible dibujar la corriente de conciencia? No afirmaré que los nipones hayan conseguido captarla, es de todo punto imposible, pero sí que plasman en dibujos el fenómeno de lo que acaece cuando se piensa; han japonizado a Proust y es que el japonés, que sabe leer manga, es muy hábil en la complicada deducción de los pensamientos a partir de las viñetas, al igual que hacía Proust al observar rostros humanos.

Obviamente es una ventaja haber leído antes los textos proustianos en que se inspira el manga, pero quien no la haya hecho —él se lo pierde— puede intuir en las viñetas ciertos aspectos literarios que quizá le animen a sumergirse en una de las obras más maravillosas (el término tan desgastado «maravilloso» no hace honor a tan maravillosa obra) de la literatura universal. Todo el cosmos está en Proust y todo Proust está en estado latente en el manga que acaba de publicar la editorial Herder.

Por cierto, ya reseñé hace varios años un intento previo de dibujar la corriente de conciencia de Proust (lean esta entrada). Les dejo con unas viñetas que tratan de expresar uno de los fragmentos más emotivos de la obra de Proust; en el pie, el texto original. Y antes, la videoreseña.

Cuando mis labios la tocaron, las manos de mi abuela se agitaron, la recorrió por entero un largo estremecimiento, ya fuese reflejo, o bien que ciertas ternuras tengan su hiperestesia que reconoce a través del velo de la inconsciencia aquello que no necesitan casi de los sentidos para querer. De pronto, mi abuela se incorporó a medias, hizo un esfuerzo violento, como un ser que defiende su vida. Francisca no pudo resistir, al verlo, y rompió en sollozos. Recordando lo que el médico había dicho, quise hacerla salir de la alcoba. En ese momento mi abuela abrió los ojos. Me precipité sobre Francisca para ocultar su llanto mientras mis padres hablaban a la enferma. El ruido del oxígeno había enmudecido; el médico se alejó del lecho. Mi abuela estaba muerta (…) Como en el lejano tiempo en que sus padres le habían escogido esposo, tenía las facciones delicadamente trazadas por la pureza y la sumisión, las mejillas brillantes de una casta esperanza, de un ensueño de felicidad, de una jovialidad inocente, inclusive, que los años habían destruido poco a poco. La vida, al retirarse, acababa de arrastrar consigo las desilusiones del vivir. (3. El mundo de Guermantes, Alianza, p 430)

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