El desierto de los tártaros

El desierto de los tártaros comienza con Giovanni Drogo, un teniente recién nombrado que está listo para empezar lo que él llama su «verdadera vida». Su primer destino es la remota Fortaleza Bastiani. Desde el principio, Drogo tiene un mal presentimiento, como un «vago presentimiento de cosas fatales».

El viaje es largo y deprimente. Cuando finalmente llega, descubre que la fortaleza es un antiguo castillo que vigila una «frontera muerta» que da a un vasto desierto. ¿El enemigo? Los tártaros… que, según le informan, probablemente sean solo una leyenda.

Drogo decide inmediatamente que esto no es para él. Habla con su superior, el comandante Matti, para pedir un traslado. Matti, en un movimiento clásico de gerencia intermedia, le dice que, si bien podría fingir estar enfermo para irse ya, la mejor solución (y la más «regular») sería quedarse solo cuatro meses para el próximo reconocimiento médico.

Drogo acepta. Y ese es el fin de Giovanni Drogo.

Se ve atrapado, no por muros, sino por «el entorpecimiento de los hábitos». La monótona rutina del servicio, las reglas, los colegas y la vida militar lo absorben.

Lo que realmente mantiene a todos allí es una esperanza secreta y compartida: la idea de que la Fortaleza es importantísima y que «del desierto del norte tenía que llegar su fortuna, la aventura, la hora milagrosa». Están esperando que los tártaros finalmente ataquen.

El tiempo, mientras tanto, empieza a volar. Pasan cuatro meses. Drogo decide quedarse. Pasan dos años. Pasan cuatro años. Pasan quince años. Pasan casi treinta años.

La vida de Drogo se estanca. «La misma jornada, con idénticas cosas, se había repetido centenares de veces sin dar un solo paso adelante». Ve morir a colegas como el teniente Angustina (que se congela hasta morir en una montaña) y ve retirarse a sus viejos amigos, como el comandante Ortiz.

El gran evento casi ocurre una vez: aparecen soldados enemigos. Hay una gran excitación, pero resulta ser una falsa alarma; solo eran tropas del norte delimitando la frontera. Años después, ven a esos mismos soldados construir una carretera militar que se dirige directamente a la Fortaleza, pero tardan quince años en completarla.

Finalmente, cuando Drogo ya es un comandante envejecido, enfermo y la guarnición ha sido reducida, ocurre lo impensable: los enemigos atacan de verdad. Se ven cañones en el norte y la Fortaleza se prepara para la guerra.

Esta es la hora de Drogo, la oportunidad por la que sacrificó su vida.

Pero está enfermo en la cama. El nuevo comandante de la fortaleza, Simeoni, entra en su habitación. En lugar de celebrar, le dice a Drogo que necesitan su cuarto para los nuevos oficiales que llegan como refuerzos y que, francamente, enfermo como está, no sirve para nada.

Derrotado, Drogo es expulsado de la Fortaleza. Lo meten en una carroza y lo envían valle abajo, alejándose de su vida, sus esperanzas y la única batalla que importaba.

Lo dejan en una posada solitaria. Allí, solo en su habitación, mientras escucha la batalla comenzar a lo lejos, Giovanni Drogo comprende que aún le queda una batalla: debe enfrentarse al «último enemigo», la muerte, y decide hacerlo como un valiente.

Algunas perlas

Sobre la juventud perdida. «Sí, ahora era un oficial, tendría dinero, las mujeres hermosas quizá lo mirarían, pero en el fondo-se dio cuenta Giovanni Drogo- el tiempo mejor, la primera juventud, probablemente había acabado».

Sobre la resignación. «…la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia».

Sobre la fuga irreparable del tiempo. «Y mientras tanto, precisamente esa noche […] comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo».

Sobre la irreversibilidad. «Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno».

Sobre la gran espera. «Del desierto del norte tenía que llegar su fortuna, la aventura, la hora milagrosa que al menos una vez le toca a cada uno».

Sobre la velocidad del tiempo en la rutina. ««Me parece que fue ayer cuando llegué a la Fortaleza», decía Drogo, y era exactamente así. Parecía ayer, pero el tiempo se había consumido lo mismo con su inmóvil ritmo…».

Sobre la trampa del hábito. «…pero estaban ya en él el entorpecimiento de los hábitos, la vanidad militar, el amor doméstico a los muros cotidianos».

Sobre el paso del tiempo. «Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás». «Tronk ya no recordaba cómo sonaban las dulces voces de las muchachas, ni cómo eran los jardines, ni los ríos, ni otras árboles que los endebles y escasos arbustos diseminados por las cercanías de la Fortaleza».

Sobre el sacrificio de la vida. «Estaba además la secreta esperanza por la que Drogo dilapidaba la mejor parte de su vida».

Sobre la realización final. «Pobre cosa le resultó entonces aquel afanarse en las escarpas de la Fortaleza, aquel explorar la desolada llanura del norte, sus penas por la carrera, aquellos largos años de espera».

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