Lo mejor de Punta Cana es alejarse de los resorts para turistas y explorar las playas vígenes que la rodean. También es posible encontrar pueblos aislados junto a playas desconocidas, cuyos humildes habitantes son temerosos con los forasteros.

Si explotaran estas playas el país dejaría de lado su terrible pobreza. Entre dar de comer al hambriento o placer estético al rico, la elección está clara. Cuando uno ve todos los días la miseria en que se vive en este país llega a pensar que el turismo solidario y comprometido puede sacarlo adelante.

Punta cana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La exhuberancia de la vegetación es pasmosa. Tomar un coco recién cogido de la palmera es un placer supremo al alcance de cualquiera que se adentre por estos parajes.

En los pueblitos o pequeñas comunidades de estas zonas remotas de la isla, no hace falta contruir catedrales góticas. Las iglesias de chatarra prestan exactamente el mismo servicio como casa de Dios.

 

Kilómetros y kilómetros sin rastro humano.

 

El agua del mar es limpia, pura, caliente, bella, eterna, transparente. Solo las afiladas rocas impiden que me lance a fundirme con su espuma.

 

Los pedregosos caminos conducen al mismo sitio pasando por Haití. Van paralelos al mar de toda la isla.

 

Mirar hacia el horizonte hace sentirse a uno en una cárcel. Una isla pobre, rodeada de agua, de la cual es difícil escapar a no ser que seas rico. Sin embargo muchos turistas creen que es el paraiso.

 

Uno aquí siente… no sé qué, pero siente.

 

 

 

 

 

 

 

Si hemos encontrado ese paraíso, habrá muchos otros que descubrir. Sin embargo, la pobreza de la comunidad donde trabajamos no nos invita a la ociosidad; sería injusto.

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