Tierra a la vista

Desde el avión se divisa tierra a lo lejos; al menos eso dejan entrever las leves candelas que se esfuerzan por brillar desde los más profundo del océano. Cuando aterrizamos, que casi es amerizaje, los dominicanos, que son mayoría en el avión, aplauden con ganas y cantan merengue.

Mientras me trasladan al barrio del extrarradio, donde trabajará un compañero, me sujeto con fuerza al agarradero del «pick up» que me traslada a toda velocidad por una autopista llena de baches, carriles estrechos y, lo peor de todo, unos conductores que no tienen en cuenta las normas más elementales del código de circulación… creo que rojo significa adelante y verde «frene usted señor».

Tras beber una «Presidente» y recorrer el obscuro poblado marginal lleno de jóvenes con ganas de fiesta y perros vagabundos que atemorizan a los forasteros, me llevan a la sede de «Educación sin fronteras» donde me dejan una habitación con ventilador y la amenaza de una rata que pugna por salir por alguno de los agujeros del edificio.

El cansancio es el mejor de los somníferos, así que caigo derrengado en la cama ajeno a los tremendos picotazos de los mosquitos. Mañana será otro día.

Ya es mañana. Madrugo y tengo la sensación de haber tenido un sueño reconfortante. Estoy solo y decido dar un paseo por la playa de Santo Domingo. Aquí las gentes te hablan por el mero hecho de ser blanco y yo, que soy novato, prefiero no fiarme por si acaso, así que vuelvo a la sede para continuar la lectura de La fiesta del chivo

Vienen a recogerme unas horas después y me enseñan la ciudad colonial. Los españoles estamos demasiado bien considerados por estas tierras. Además admiran a Cristobal Colón.


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