Portal de Educación de Castilla-La Mancha El libro Leer El Quijote en Teherán ya a la venta

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Los buenos. Los malos

En las clases de Educación Ético-Cívica no tiene sentido memorizar definiciones ni listados. Lo mejor es plantearla con ejercicios de carácter empático para que los estudiantes mismos se planteen y reflexionen sobre temas delicados, por ejemplo, qué es el bien o el mal, la justicia o la injusticia, la verdad o la mentira, intentando no caer en el maniqueísmo.  El reto para el profesor estriba en que al final del curso los jóvenes sepan hacer ejercicios de autocrítica moral e interioricen la regla de oro kantiana: “no hagas a los demás lo que no quieras para ti” y que tomen conciencia de que son manipulados en algunos momentos de su vida.

Desde esta perspectiva, por ejemplo, les he mostrado el siguiente vídeo sobre los “piratas” somalíes. Tras verlo han comprendido que quizá sean víctimas de cierta manipulación por parte de los media españoles y se plantean, aunque no todos lo compartan, que quizá “los malos” seamos nosotros. Al menos dialogamos sobre ello en apasionados debates, algo fundamental en nuestra clase.

Igualmente, hace unas semanas les mostré el vídeo de la agresión de carácter ideológico en el metro, tras lo cual hemos analizado detenidamente la sentencia del juez en la que aparece un importante vocabulario ético que ha interesado a mis alumnos. En los debates que surgieron a partir del análisis de dicha sentencia predominaron el entusiasmo y la pasión.

Creo que es así como se aprende Ética, así como  invitando a nuestra clase a sabios y a personas que han vivido en primera persona problemas de carácter ético e incentivando la comunidad de investigación en el aula. En cualquier caso estimo que el libro de texto poco aporta a esta importante asignatura, más bien la degrada.

Los alumnos fuman

Si uno pasea por el patio de recreo quedará perplejo y dibujará la cara de “¿es-cierto-lo-que-estoy-viendo?” al comprobar que son decenas las colillas de cigarrillos que ensucian el suelo arrojadas por estudiantes que, ocultos tras las paredes del gimnasio, intentan aportar nicotina compulsivamente a sus adictos cuerpos que ya no pueden sobrevivir sin ella. Cuando suena el timbre son numerosos, en torno a la treintena, los que salen despavoridos al rincón avivados por el terrible vicio, un vicio que ya se ha apoderado de su salud y calidad de vida para el resto de su existencia.

Incomprensiblemente, fumar a estas edades les da prestigio lo cual aumenta las posibilidades de flirteo -”hacerse el gallito“, ya saben, puro instinto animal-; algunos, por el contrario, aseguran que fumar tranquiliza y les hace pensar mejor; para mayor desesperación otros afirman, ¡era de esperar!, que ni siquiera saben por qué lo hacen. Tres razones falaces para resolver la disonancia cognitiva.

Gritan “¡agua!” con un tono serio, contundente y emocionado por la complicidad del “momento de peligro”, cada vez que uno de nosotros se acerca, contraseña que comunica lo perentorio que es deshacerse del tabaco si no desean enfrentarse a medidas punitivas graves. Sin embargo, la verdadera gravedad vendrá después, dentro de unos años, cuando quieran dejar de fumar y contemplen estupefactos y horrorizados el dineral que desembolsan en deteriorar maxmordónicamente su salud.

Me inspiran compasión. Nuestra sociedad les ha engañado, les hemos timado. Y seguimos haciéndolo. Espero que a alguno de ellos no se le ocurra demandar a toda mi generación y a las anteriores por permitir convertirles en enfermos crónicos porque revelaría uno de los mayores fraudes de la historia cometido por la humanidad contra sí misma.

Ustedes entenderán, por aquello de la atracción por lo prohibido, que no se inmuten cuando les decimos que fumar es malo para su salud y que hacerlo dentro del instituto supone la expulsión inmediata. Tampoco parece que las siguientes imágenes les afecten. Si al menos uno de los jóvenes que me leen dejara el vicio habrá merecido la pena escribir este posteo.

La persecución y el arte de escribir

La persecución y el arte de escribirHacía tiempo que no me apasionaba tanto leyendo un libro, moviéndome de la indignación a la admiración y de la lectura superficial a la profunda con facilidad y delectación. La persecución y el arte de escribir es una obra compuesta por cuatro espléndidos ensayos de Leo Strauss publicado recientemente por la editorial Amorrortu. A través de algunos de los escritos y citas de, entre otros, Spinoza, Maimónides, Aristóteles y Tomás de Aquino, así como de referencias al Corán y a la Biblia, Strauss nos enseña a leer, a interpretar, a aprehender lo que realmente quieren decir los autores soslayando cualquier tipo de lectura superficial más bien propia de las masas que solo entienden de historias claras y reiterativas escritas en forma de literatura-papillita,  misión esta incompatible, según Strauss, con la auténtica filosofía.

Con este libro descubrimos que sin el esfuerzo del lector el escritor brillante se convierte en tedioso, aburrido e insufrible, sin embargo, con la disciplina lectora desvelamos al gran autor que nos susurra desde el pasado sus confidencias más íntimas que nos hacen saltar de la silla exclamando “¡este hombre está hablando de mí!”.

Leo Strauss es un paria para los bien-pensantes, un apestado para quienes quieren construir un mundo más justo, el padre intelectual del Imperio neocon, un despreciable según la propaganda de quienes se autoatribuyen el don de la solidaridad, en definitiva, un voraz lobo para el hombre que ha plagado el mundo de discípulos que entienden el planeta como un lugar maniqueo sin lo cual Occidente desaparecería. No en vano Huntington y Fukuyama aprendieron de él y son ellos los padres intelectuales de la idea de que hay que demonizar a los otros para que sobrevivamos nosotros, el choque de civilizaciones y el fin de la historia, ya saben.

¿Cómo no enojarnos con alguien que afirma que la religión y la moral sólo son el cemento que mantiene cohesionadas a las masas para mantener la sociedad? Es cierto, despierta mi inquina, pero acabo reconciliándome con él movido por el espíritu maquiavélico que, querámoslo o no, permite que yo pueda escribir en mi ordenador y usted que lo lea en su cómodo sillón con la calefacción encendida a costa de explotar a otros pueblos. De hecho, a partir de la lectura de Strauss se puede hacer una interpretación maquiavélica de España: Contra los judíos y los musulmanes nació España y contra Napoleón se asentó, pero hoy Strauss diría que con tanta permisividad religiosa y excesos de Alianzas de civilizaciones patrocinados por este país, la supervivencia de nuestra nación peligra. “Den una religión única y un enemigo a España y esta dejará de tambalearse”, podría susurrarnos Strauss desde su obra, tras hacer una hermenéutica de su libro. ¡Qué tipo!

Leer a este hermenéuta fallecido hace más de treinta años convierte a uno en suspicaz y obsesivo lector a la búsqueda  de falacias. ¡Pero por más que le hinco el diente no las encuentro! ¿No serán los verdaderos falaces aquellos que van de dioses-para-el-hombre? Me hace dudar pero mi conciencia me impide entregarme a su cinismo; el sentimiento de culpa me impediría seguir viviendo.

En lo que claramente recuerda a la dialéctica hegeliana, Strauss es una especie de perseguidor convertido en perseguido, que expresa muy bien en el siguiente párrafo que, disculpen mi presuntuosidad, me hubiera encantado que prologara mi libro Leer El Quijote en Teherán:

La persecución, entonces, da origen a una peculiar técnica de escritura y, con ello, a un peculiar tipo de literatura, en la cual la verdad acerca de todas las cosas fundamentales se presenta exclusivamente entre líneas. Esa literatura no se dirige a todos los lectores, sino sólo a aquellos que son confiables e inteligentes. Tiene todas las ventajas de la comunicación privada sin sufrir su mayor desventaja: llegar sólo a las relaciones del escritor. Disfruta de todas las relaciones de la comunicación pública sin padecer su mayor desventaja: la pena capital para el autor. Mas, ¿cómo puede un hombre realizar el milagro de hablar en una publicación para una minoría, mientras guarda silencio para la mayoría de sus lectores? El hecho de que los hombres irreflexivos son lectores descuidados y sólo los hombres reflexivos son lectores cuidadosos. En consecuencia, el autor que desee dirigirse sólo a hombres reflexivos no tendrá más que escribir de forma tal que sólo un lector muy cuidadoso sea capaz de detectar el significado de su libro. Pero, se objetará, puede haber hombres inteligentes, lectores cuidadosos, que no sean confiables y que después de haber descubierto al autor lo denuncien a las autoridades. De hecho, esta literatura no sería factible si fuera por completo errónea la sentencia socrática de que la virtud es conocimiento y, por tanto, que los hombres reflexivos, en cuanto tales, son confiables y no crueles. (p 33)

Tras la invitación straussiana a ser un tanto paranoicos en nuestras lecturas uno llega a pensar que incluso en nuestra democracia urge escribir entre líneas porque sigue habiendo discursos prohibidos y condenas terribles para quien no pueda reprimir el incontenible impulso de dar a conocer su verdad. El ostracismo social, la censura e incluso la cárcel siguen existiendo para aquellos incautos que en democracia siguen creyendo en el recurrente -pero probablemente falso- principio de la libertad de expresión.

En resumen, los grandes filósofos, entre ellos Strauss, usan sus libros como códigos secretos que solo podrán entender las buenas personas, entendidas estas no como aquellos ingenuos caritativos, sensibleros y entregados, sino en el sentido socrático de los muy sabios que, por serlo, están destinados a hacer exclusivamente el bien.

No duden en COMPRAR EL LIBRO pero antes deleiténse ustedes, o asómbrense, o indígnense, o bufen, o aplaudan o lloren con el extraordinario documental de la BBC titulado “El poder de las pesadillas”, en el que se muestra a Strauss como el gran personaje que desde la sombra construyó el violento, siniestro y terrorífico mundo que tenemos que soportar en nuestros días. ¡Qué peligrosa es la filosofía! ¡Enseñen estos vídeos a los díscolos que dicen sin pudor que la filosofía no sirve para nada!

Egosindicalismo de izquierdas

Hoy nos han visitado en el instituto los representantes de un sindicato de izquierdas con el fin de captar afiliados. Es crucial para ellos ganar adeptos porque es con muchos asociados como ganan legitimidad ante la sociedad.

No pude asistir a la reunión proselitista -que ellos tildaban de informativa- porque me tocó ejercer de policía de paisano durante el recreo, pero cuando entré en la sala de profesores todo estaba empapelado de panfletos, cuya lectura me puso los pelos de punta.

Según se desprendía de la propaganda, la máxima preocupación de estos defensores de los trabajadores es que los profesores ganen más dinero. Nos incitan a la afiliación arguyendo que son ellos quienes han logrado que el próximo curso los docentes cobremos más, tornando sin pudor los valores de la izquierda en moral “pequeñoburguesa”, como acertadamente la califica Vattimo, en lo que constituye una auténtica afrenta para el resto de la sociedad que desesperadamente está sufriendo la crisis.

¿Por qué los egosindicatos de izquierdas ya no hablan de solidaridad?  ¿No creen que es preferible durante nuestra nefasta coyuntura económica que los profesores no aumenten los ingresos a cambio de que sigan contratando más compañeros profesores -¡que ahora están sufriendo el desempleo!- para no disminuir la ratio de profesor-alumno? ¿O que se dote a los centros de mayores infraestructuras para que el proceso de enseñanza-aprendizaje sea más efectivo? ¡Ah, claro! ¡Los padres y los alumnos no se pueden afiliar al “egosindicato-sector enseñanza” y por eso no se preocupan de ellos!

Los egosindicalistas, en vez de propiciar una nación estructurada por una ciudadanía que progresa en base a la solidaridad y al apoyo mutuo, se dedican a defender a los trabajadores por compartimentos estancos, lo cual solo incita al enfrentamiento, a la lucha entre obreros de distintos sectores laborales que compiten por chupar de los recursos del Estado, a la supervivencia del más fuerte – el que más llora y se queja- y, en definitiva, a desmenuzar nuestro gran Estado que es España a partir del egocentrismo más repugnante.

Reunión con los padres

Los padres asisten puntualmente a ver las actividades de su hijos en Estados Unidos

La pasada semana los tutores nos reunimos con los padres en lo que ha sido un encuentro que me ha satisfecho mucho. Por lo general los progenitores que asisten a estas reuniones suelen tener hijos menos conflictivos o problemáticos así que era de esperar el talante afectivo y dialogante de quienes asistieron. Tras dar la información general, algunos se quedaron para hacerme preguntas más concretas o ponerme sobre aviso acerca de algunas peculiaridades de sus vástagos.

El problema surge con los padres que no acudieron a la cita. No quiero con esto criticar a todos porque sus buenas razones tendrían -enfermedades, la cita ineludible con la partida verpertina en el bar, el trabajo, el cansancio, el programa de la televisión, la apatía, el olvido…- pero es crucial asistir a este tipo de encuentros para ajustar los engranajes que encaucen correctamente a sus hijos antes de que sea demasiado tarde. Agradezco al menos a quienes se excusaron por no poder asistir, pero estimo que los que ni acuden ni se preocupan por llamar al tutor aumentan las posibilidades de suponer un pesado lastre para sus hijos.

El mensaje que intenté transmitír es que la clave del éxito de sus hijos estriba en que haya comunicación entre los padres y el profesor, así que les di mi número de teléfono personal para que me llamaran a cualquier hora si así lo necesitaban. Parece que esta iniciativa les agradó.

Sentirme respaldado por ellos hace mi labor más eficiente. Ahora tocará llamar a los padres que no asistieron: intentaré que me apoyen porque es demasiada responsabilidad que me dejen sólo a mí la educación de sus hijos. Si alguno se mostrara evasivo despertará la peor de mis inquinas que solo podrá apaciguar la enorme pena que, a buen seguro, me despertará su hijo. Eso sí, si alguno de ellos se presentara el último día de clase exigiéndome que apruebe su hijo no habrá freno para la inquina y le daré la tarjeta de visita de un amigo psicólogo especializado en educación de padres.

Mi nueva profesión: modelo de Barceló Viajes

Portada de Barceló Viajes

Me han avisado tres personas de que han recibido un folleto virtual de Barceló Viajes que anunciaba viajes a Praga con mi rostro sonriente “como reclamo”. Estaban un tanto alarmadas y me hablaban de los derechos de imagen y de tomar medidas legales pero les expliqué que se trataba de una fotografía con licencia Creative Commons que tomé hace un año y cuyo original, que han retocado, se puede ver en este enlace.

Creo que compartir el material que uno va produciendo con una licencia de este tipo permite avanzar en el conocimiento y facilita el proceso educativo, tal y como demuestran estudios al respecto, así que no me molesta en absoluto si otros se benefician de mi modesta aportación.

En concreto la licencia sólo tiene estas tres características:

1. Usted puede copiar, distribuir y transmitir el trabajo.

2. Usted puede adaptar el trabajo.

3. Usted debe atribuir el trabajo.

Ya son varias las publicaciones que utilizan mis imágenes y textos lo cual me satisface porque creo en el uso compartido y sin trabas del conocimiento aunque haya veces en que a algunos se les olvide lo de la atribución; de hecho la palabra “copyright me produce cierta dentera. Barceló Viajes cumple estrictamente con dichas condiciones, aunque no les habría costado nada avisarme por una simple cuestión de cordialidad, sobre todo porque es mi rostro, y no la mera imagen de una catedral, el que ahora estará en miles de cuentas de correo electrónico. Creo que me estoy sonrojando.

No creo en los exámenes

Viendo a los estudiantes iraníes haciendo el examen del Instituto CervantesLos exámenes de contenidos valen para poco, es parte de la inercia que nos queda del pasado. Si los hago es porque me obliga la inspección a tener esta prueba material ante la posible reclamación de algún alumno, pero sólo eso.

Estos exámenes estarían justificados en los cursos a distancia o para aquellos alumnos que no quieren o no pueden asistir al aula, pero en un curso normal, salvo excepcionales circunstancias, sobran.

Que mis estudiantes vengan a clase puntualmente, participen y se comporten educadamente es razón suficiente para que aprueben el curso. Si además hacen correctamente las disertaciones, comentarios de textos, presentaciones orales y participan en los debates pueden obtener la máxima calificación; si no la alcanzan solo hay que indicarles específica e individualmente en qué han de mejorar.

Pregunte usted a su esposo que estudió filosofía en bachillerato hace quince años quién fue Spinoza o a usted misma qué propalaba Tomás de Aquino o a su hijo que sacó un diez en Ética hace dos años quién fue Kant. La respuesta será la misma: un balbuceo, un titubeo o una impostura porque no recordarán absolutamente nada.

Sin embargo si se enseña a expresarse por escrito con la excusa de Platón, a defender sus ideas frente a algún pensamiento concreto de Hobbes, a hablar en público sobre las excelencias o despropósitos de Aristóteles o a comentar un texto provocador de Nietzsche, olvidará el pensamiento de los filósofos con el paso del tiempo pero mantendrá la impronta de la redacción correcta y argumentada, del debate serio y ordenado, de la oratoria seductora y del comentario crítico.

Redactar, debatir, orar y comentar. Quien domine estas estrategias a lo largo de nuestro curso tendrá herramientas que le harán un poquito más libre, aunque apenas recuerde qué decía, por ejemplo, Habermas.

ACTUALIZACIÓN

Lean este interesante posteo de José María Ruiz en Palotic relacionado con la legislación andaluza acerca de no poner exámenes.

Ecce comu. Cómo se llega a ser lo que se era

Ecce comu

Hay ocasiones en que me siento de derechas y otras veces en que aflora mi vena más izquierdosa, lo que me convierte en un claro ejemplo de lo que Bauman denomina  pensador líquido, o que Vattimo tilda de pensamiento débil lo cual algunos confunden con no ser inteligente -”débil inteligencia”, intuyen- pero que en realidad alude a la imposibilidad del hombre postmoderno, usted y yo mismo, de mantener una postura firme si no se quiere caer en el irracionalismo o, incluso, en la inmoralidad. Intento asumir lo bueno de unas y otras corrientes políticas en la línea de lo que propone el sociólogo Anthony Giddens en su recomendable libro La tercera vía.

En esta línea de relativismo e incapacidad de fundamentar nuestro modo de estar en el mundo, Vattimo nos sorprende ahora con más incertidumbres, menos asas, más desestructura y nihilismo llevado al paroxismo en Ecce Comu. Cómo se llega a ser lo que se era, publicado por Paidós. El autor intenta convencernos, infructuosamente, de que nos hagamos comunistas.

Dice mi amigo Alejandro Martín que en este libro Vattimo “da rienda suelta a las generalizaciones y a los vínculos imposibles”, y estoy de acuerdo con él. Este ex político italiano, como buen postmoderno, es un engatusador, un orador, un sofista, un portento en el arte de la palabra, un seductor falaz por su intentona irracional  de enhebrar comunismo con catolicismo, y a Heidegger con Cristo. Pero solo eso, no hay forma de concretar o aplicar su pensamiento en el mundo. No es más que un apostol de la utopía que denuncia los males del mundo pero que no aporta soluciones: solo propone convertirnos en cristianos y en comunistas. Pues vale.

Es cierto que en mi adolescencia llegué a sentir simpatía por el proyecto de izquierdas del gran Julio Anguita, pero como buen adolescente que era adolecía de la falta de herramientas lógicas que me hicieran ver que era un camino a ninguna parte. Tras leer con cierta profundidad a Popper identifiqué su proyecto antitotalitario con, asómbrense ustedes, el programa del Partido Popular al que incluso llegué a votar. Pero hoy en día, llevado por esta dinámica postmoderna y zarandeado por la coyuntura económica, votaría a Zapatero (escribir esto me hará perder lectores).

Dos factores me llevan a votarle: la lectura de Keynes y la inexistencia de una alternativa más seria en España, y menos aún en Castilla-La Mancha donde resido. Aunque le acusaron de demagogo por su propuesta, yo sí quiero pagar más impuestos en esta época de crisis y me satisface poder hacerlo; tras ponerme el velo de Rawls es este el voto más ético. No es normal la incongruencia de numerosos funcionarios que van de librecambistas ¡tamaña osadía y paradoja! y de liberales que viven de su herencia; sin embargo, son muy pocos los liberales que se han hecho a sí mismos y que no han tenido que recurrir al papá Estado -vaya mi admiración por ellos porque son los que levantan nuestra nación.

Parece claro que en época de crisis toca repartir e intervenir en el mercado y en época de bonanza soltar lastre y laissez faire. Así es como interpreto el pensamiento débil de Vattimo. A él le acerca hoy a la extrema izquierda y a mí, atenuado por Aristóteles, a la socialdemocracia, aunque ambos romperemos nuestras débiles convicciones en cuanto el viento económico sople en sentido contrario. En resumidas cuentas: aunque mi pensamiento débil me lleva a votar, hoy en día, al proyecto del PSOE, me escoraré a la derecha cuando la crisis pase y haya uno o más partidos serios y coherentes al otro lado. Mientras tanto, les dejo con las perlas del libro:

No tenía mucho que decir a Fidel, aparte de la admiración que siento por él y por su resistencia al imperialismo estadounidense (…) el embargo y la hostilidad activa y constante de los Estados Unidos impiden a Cuba desarrollar una política de cariz más democrático (la amenaza de invasión y de ataque por sorpresa obligan a la isla a un clima de alerta permanente, como si se tratase de un país en guerra. (p 88)

La democracia actual es un asunto de disponibilidad financiera (¿Te presentas como candidato a la Cámara? ¿Tienes quinientos millones para gastar?, ¿podrías “conseguirlos”?). (p 90)

Las masas que se han movilizado, más o menos vía Internet, para manifestarse en todo el mundo no sólo occidental contra la invasión de Irak, son el nuevo proletariado, aunque desconozcan la conciencia de clase y no sean una clase en el sentido marxista del término. (p 107)

“Sólo os limitáis a decir que no; no tenéis proyectos”. Y la izquierda combativa y comprometida hace bien en responder que el proyecto consiste en derrocar a la derecha y a sus leyes liberticidas, y que luego veremos. (p 115)

Para muchos de nosotros, el momento de la reconversión al comunismo ha sido la guerra iraquí. (p 120)

La verdadera culpa (o error) de Stalin fue la adopción del mito del “desarrollo”; lo mismo que, en estos momentos, se echa en cara a la izquierda de cualquier país, agitándole delante de las narices las cifras del PIB y la consiguiente petición de que abra las puertas al mercado de una vez por todas y reduzca los “excesos” de la Seguridad Social. (p 122)

Si en política existiera una verdad, un orden genuino que debiéramos conocer y aplicar, no tendría sentido votar y bastaría que depositásemos nuestra confianza en premios nobel, sabios y papas. (p 124)

No es fácil librarse de la imbecilidad berlusconiana. (p 131)

Los mismos defensores del mercado reconocen que éste, para funcionar, precisa muchísima ayuda de carácter “publicitario”. (p 143)

De lo que se trata es de repensar el comunismo como ideal de una sociedad “justa” que, precisamente por serlo, no pueda pensarse como una sociedad “perfecta” y acabada que excluya cualquier transformación posterior, cualquier renovación desde abajo con los instrumentos de la democracia. Una sociedad justa no es una sociedad perfecta en la que los conflictos se gestionan como opiniones diversas sobre qué caminos deben tomarse; en la que no todos los intereses son necesariamente iguales. (p 144)

El capitalismo únicamente puede subsistir a costa de adoptar la guerra como estado “normal” (la “guerra infinita” de Bush). (p 146)

El sistema de la democracia modelo, la estadounidense, es un testimonio clamoroso de la traición a los ideales democráticos en favor de la plutocracia pura y simple. (p 154)

El sindicato debe responder a las expectativas de sus asociados: también ellos sólo aspiran a mejorar sus propias condiciones; buscan seguridad, aumento de sueldos; en resumen, unos valores “pequeñoburgueses”. (p 162)

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