El director pasa a la clase

En lo que va de curso el director de mi instituto ha pasado en cuatro ocasiones a mi clase sin avisar, para comprobar si soy un buen profesional o si debe llamarme la atención en algún aspecto de mi trabajo. Permanecía allí unos tres minutos y luego se iba en silencio para no interrumpir el desarrollo de la clase. Además, dentro de unos días entrará, sin avisar previamente, una de sus asistentes para permanecer durante toda una clase y darme un informe con lo que debo mejorar.

Esto es inimaginable en la educación pública española, donde el mero hecho de plantear que el director pase a clase de uno, cuando quiera y sin avisar, despierta resquemor y animadversión entre los docentes. Y es que los directores de los centros públicos de España no son verdaderos directores sino colegas-docentes sometidos a redes clientelares, servidumbres y relaciones afectivas que le dificultan dirigir con la frialdad y objetividad necesarias que exige el cargo y que, por tanto, se ven impotentes para exigir buenos resultados a ningún colega: se le reirían en su cara o le denunciarían a un sindicato.


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