Policías armados en el instituto

En el instituto hay un par de policías armados con pistolas, que mascan chicle y que llevan gafas de sol. Son muy amables y simpáticos, pero su estética impone gran respeto como ya nos explicó Philip Zimbardo en su recomendable ensayo El efecto lucifer.

Vi a uno de ellos sujetando fuertemente del brazo a un estudiante para trasladarlo al despacho del director. Mientras el policía hacía lo imposible para controlar al nervioso alumno, éste profería insultos contra uno de los estudiantes con el que acababa de mantener una violenta trifulca. Un simple profesor no habría podido controlarlo y, de hacerlo, estaría ahora en el hospital; incluso podría acabar en un juzgado si es que al alumno le diera por denunciarle.

También está todo el recinto plagado de cámaras de seguridad; las podemos encontrar incluso dentro de la biblioteca. Cuando pregunto a mis estudiantes sobre estas medidas de control todos ellos afirman sentirse más seguros así. No comparto su opinión pero les comprendo porque en este país se percibe, más allá de la violencia evidente, cierta agresividad en el ambiente, una amenaza contenida que se descubre detrás de las caras siempre sonrientes, de los forzados y eufóricos «good mornings!» y de los hipertrofiados «thanks», «sorry» y «have a nice day!». No puedo evitar pensar que si hay que recurrir constantemente a medidas coercitivas es porque la Educación fracasa aunque sean tan educados; el mismo camino está tomando España.

El mural orwelliano que preside este artículo me lo encontré en Little Haití, un atractivo barrio de Miami donde, al caer la tarde, impera la violencia y la policía sí que es necesaria. Allí conviven demasiadas personas a las que no pudo salvar el sistema educativo y ahora solo se les trata de educar con pistolas, porras y ansiolíticos.

Este mural encontrado en el barrio de los artistas de Miami expresa bien la violencia contenida a la que me refiero. Merece estar expuesto en un museo y no en la calle.

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