Huyendo de la pobreza, de la violencia y del analfabetismo

Tengo alumnos cuyos padres no saben leer, ni siquiera en su lengua materna. Sin embargo ellos, sus hijos, —que muestran la amplia sonrisa de alivio que se dibuja a quien se le ha terminado la pesadilla— están sobreponiéndose a las enormes dificultades de sus progenitores y estudian con gran esfuerzo y dedicación. Valoran la educación pública, gratuita y de calidad que en sus países de origen ni siquiera podían soñar porque allí solo estudian los ricos.

Estatua en honor de los inmigrantes. Barrio cubano de Tampa, FL

Llegaron a Estados Unidos cruzando a nado el Río Grande tras recorrer cientos de kilómetros por Centroamérica con la ayuda de un coyote al que entregaron los ahorros de su vida y el efectivo obtenido de usureros sin escrúpulos: 6000 dólares. Mis alumnos también me cuentan sus desventuras en el tren conocido como «La bestia» o «El tren de la muerte» (vea este vídeo para hacerse idea de sus condiciones infrahumanas), o en las vulnerables balsas que tratan de sortear las peligrosas olas del Golfo de México, o los nervios que sufrieron al tratar de sobornar a la policía para que les permitieran proseguir su viaje. Aunque arriesgaron sus vidas, me dicen, mereció la pena. Yo también lo habría hecho.

Unos alcanzaron los Estados Unidos huyendo de las agresivas maras que les chantajeaban, otros de la pobreza más exacerbada que les condenaba a la calle y a la enfermedad, los hay que tienen la condición de refugiados políticos porque su gobierno les perseguía por haber sido críticos con el sistema; también hay quien huye de un ambiente familiar de alcoholismo, violencia y machismo, un mal predominante en los Estados fallidos. A todos ellos les une la desesperación por huir del infierno.

Faltan mucho a clase porque han de asistir a citas con los funcionarios de inmigración que amenazan con incoarles un expediente de expulsión, y a citas con jueces implacables dispuestos a aplicar rigurosamente una ley que detesta al inmigrante porque le considera un peligro para la estabilidad social, y a citas con sus padres analfabetos a quienes tienen que asistir como intérpretes en sus entrevistas para conseguir un trabajo ilegal.

A pesar de ello, me dice un alumno que Estados Unidos le ha permitido dar el saldo de la animalidad a la humanidad, y por ello estará agradecido de por vida: ya se siente estadounidense aunque le falte el documento que así lo acredite.


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