Libros vigilantes

El mejor indicador para juzgar a un país es el contenido de sus librerías. Tras recorrer varias de Estados Unidos uno se percata de que es un país superficial, hiperreligioso, narcisista, arrogante, supersticioso y violento porque los estantes de sus librerías están repletos de libros de autoayuda, de doctrina protestante para el vulgo, de pomposas autobiografías de personajes secundarios, de obras hiperbólicas que tratan de mostrar la grandeza del sueño usamericano, de supercherías varias como reencarnaciones, angeleologías y misticismos zen; y catálogos de pistolas.

Pero la autocrítica les salva de la inanidad cultural, y es que la alta literatura norteamericana se encuentra agazapada en las librerías como un firme contrapeso al envite de lo pretencioso y de lo vulgar, de lo patológico y de lo irracional.

Leo ahora con delectación Viajes con Charley de John Steinbeck, y no puedo menos que admirar a una cultura que ha sido capaz de destilar al autor californiano; y a Faulkner, y a Hemingway, y a Henry James, y a William Burroughs, y a DeLillo, y a Capote, y a Cummings, y a Doctorow, y a Wallace, y a Dos Passos, y a Pynchon, y a Franzen, y a Salinger, y a Twain, y a Henry Miller, y a Tom Wolfe, y a Nabokov, y a Philip Roth, y a Updike.

Dichos escritores se encuentran en las librerías escondidos —pero vigilantes— en los estantes más bajos. Hay que arrodillarse para alcanzarlos como si fueran un objeto sagrado.


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