La mente de los justos

Si por algo se caracteriza la condición humana es por ser intolerante. El ser humano sobrevive frente a los demás porque se cree en posesión de la verdad y así impone nietzchianamente su voluntad de poder. Por definición solo se tolera lo que parece intolerable y pocos, algunos simplemente por indolencia y pereza, están dispuestos a pagar precio tan elevado. Las tribus, los partidos políticos, los medios de comunicación y las asociaciones hacen lo mismo: son intolerantes con la crítica, temerosos de la autocrítica y muy celosos de su buen nombre; no toleran el librepensamiento aunque presuman de ejercitarlo, no consienten la libertad de expresión aunque la adoren en sus estatutos, no permiten que cada cual piense por sí mismo porque les supondría un riesgo existencial.

Es por ello que el nuevo libro de Jonathan Haidt, La mente de los justos, es absolutamente imprescindible para tomar conciencia de que pensamos lo que pensamos por razones muy lejanas a nuestra libre decisión. El subtítulo es esclarecedor: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata. Su tesis fundamental es que nuestras ideas políticas y religiosas (por tanto, todas las ideas) están determinadas genéticamente, lo cual es aterrador, pero ya nos enseñó Spinoza que siendo conscientes de que no somos libres es como ganamos nuestra libertad.

En cualquier caso, cómo no aterrarse cuando Haidt afirma que «nuestro pensamiento moral se parece mucho más a un político que busca votos que a un científico que busca la verdad» (p. 121). O cuando asevera, con reminiscencias orteguianas, que «a las personas se les da muy bien cuestionar las afirmaciones hechas por otros, pero cuando se trata de su creencia, entonces es su posesión, casi como una hija, y en ese caso lo que quieren es protegerla, no cuestionarla y arriesgarse a perderla» (p. 125). O cuando arguye que «el coeficiente intelectual era el mejor predictor de la capacidad de debate de las personas, pero es capaz de predecir sólo el número de argumentos de mi lado» . (p. 127)

De este modo así es la escalofriante pregunta que Haidt nos lanza al lector:

¿Qué posibilidades hay de que la gente piense con la mente abierta y de manera exploratoria cuando en medio hay intereses personales, identidades sociales o emociones fuertes que les hacen querer o incluso necesitar alcanzar una conclusión predeterminada? (p. 128).

Lo resume bien Roberto Colom en su brillante reseña del libro: «La razón no domina porque, según Haidt, es más importante la reputación que la verdad»; culminando con que «este ensayo es, en suma, para estudiar, no para leer. Debajo de su supuesta sencillez y claridad hay una complejidad extraordinariamente seductora. Tan poderoso es el mensaje que es tentador aceptarlo sin dudar».

Sucumbo ante dicha tentación y acepto el mensaje del libro. Pero ya quedo a la espera de que el profesor Colom lo refute con alguno de sus brillantísimos artículos sobre la inteligencia.

Les dejo con el audio de esta entrada y un vídeo de Jonathan Haidt explicando su libro: